miércoles, 21 de julio de 2010

[Las Siete Estacas]

No se podía controlar. Pasó una niña, la secuestro, y la violó, causándole la muerte. Acto seguido, un oficial se acercó a detenerle, pero le retuvo y lo acabó asesinando, a causa de una rotura en el ano por incrustarle la porra. Luego apareció un perro callejero, y se la metió en la boca. A continuación un caballo, y lo hizo por el ano. Después una hormiga. Con esta le costó más trabajo.
Al final, el sujeto murió por falta de líquidos.

Cada vez estaba más gordo. Se lo comía todo: Carne, verdura, comida basura, dulces, arañas, serpientes, gatos, humanos, estatuas, casas, monumentos... Hasta que no pudo más y reventó por excederse demasiado.

No era amable con nadie, lo único que sabía hacer era desplumar a los demás. Su avaricia era tan intensa, que ordenó ser enterrado en una montaña de oro. Al final, debido a su mala fama, fue sepultado bajo los excrementos de todos los ciudadanos.

Por culpa de su depresión, era incapaz de hacer nada por sí mismo. Le daban de comer, le lavaban, andaban por él, y hasta respiraban en su lugar. Por ello, su familia acabó con su vida por él, y ahora descansa con rostro amargo frente a la sala de estar, puesto que nadie ha querido enterrarle para no perder su valioso tiempo.

A todo le tenía envidia. A su familia, por ser feliz, a las víctimas, por ser desgraciadas, a los delincuentes, por sus actos ilegales, y a los héroes, por sus grandes hazañas. Decidió esperar, hasta que estos obstáculos acabaran, cuando se hizo demasiado tarde y murió, mientras el resto de personas, envidiosas, le lloraban.

Siempre he sido el mejor, decía. Nadie me supera en nada, y quien lo haga, merece la muerte. Soy el más guapo, soy el más listo, y soy el más inteligente. Habilidoso como ninguno, y carismático sin igual. En su momento, conocí los pecados capitales, y acabé muriendo por sobre-exceso de emociones.

Y la persona que escribió estas líneas, debido a los pecados del ser humano, entró en ira y acabó con su vida. Que en paz descanse.

jueves, 8 de julio de 2010

[Maquillarse delante del espejo puede llegar a ser perjudicial para la salud]

Le tengo miedo a mi reflejo. Vivo solo, trabajo solo, he de decir que lo hago todo por mi cuenta, pero nunca antes me había sucedido algo parecido. Solo hay un espejo en mi casa, el cual se encuentra cubierto por una fina tela verde oscura que descansa en el cuarto de baño. Cada vez que entro lo hago con miedo, como si esperara que alguien o algo fuera a devorarme una vez entre ahí, aun siendo consciente de que el espejo se encuentra completamente cubierto. Pero no puedo evitarlo, es algo que me supera.
Una vez, mis compañeros de trabajo, preocupados, descubrieron dónde vivía y vinieron a mi casa para forzarme a levantar la tela que tapaba el crista. Eso te ayudará, es por tu bien, se defendían. No me quedó más remedio que dejarlos inconscientes y sacarlos de mi casa antes de que se atrevieran a hacerlo. Eso sí que era realmente por su bien.
Y ahí estaba yo, acudiendo al sonido de un timbre tan extraño que ni reconocía, resonando entre las cuatro paredes. Al abrir, me encontré con la novia de mi hermano mayor.
- Oye tío, verás... Pasaba por aquí dirección a la casa de tu hermano, y me han entrado unas ganas terribles de usar el baño. ¿Podrías, por favor...?
- Oh sí, claro. Adelante.
Le indiqué dónde se encontraba el habitáculo y esperé sentado en el sillón de la sala principal de la casa mientras leía el periódico desde el portátil. Se estaba retrasando bastante. Demasiado...
- ¡Mierda!
¿Cómo he podido ser tan estúpido?
- ¡Joder!
Siempre estoy pendiente, siempre, pero esta vez, por alguna razón...
Abrí rápidamente la puerta y la encontré, retocándose el pelo, frente al espejo.
- ¡Mierda! ¡¿Pero qué has hecho?!
- ¿Qué? ¿Qué pasa?
- El espejo... ¡El espejo!
- ¿Qué le pasa al espejo?
Y entonces lo vi. Vi que no había nada en él aparte de la novia de mi hermano, y de mí.
- ¡Me voy! -Gritó mientras farfullaba para sus adentros y cerraba la puerta de un portazo. Entonces me quedé mirando al espejo, concentrado, solo. No había nada, realmente nada. Tantos años asustado para... ¿Eh? ¿Qué es eso? En mi rostro encontré una pequeña verruga en la parte superior derecha del labio, pero nunca había tenido nada así. Acerqué mi mano lentamente hacia el lugar... y era exactamente como pensaba, nada. ¿Será...? Me acerqué más al frío cristal e intenté quitar esa extraña mancha marrón del espejo. Como esperaba, mi mano se introdujo en él, y entonces pude palparla junto al resto de mi faz. Unas grandes salpicaduras de sangre se incrustaron en el cristal, desde dentro hacia afuera, pero cuando me quise dar cuenta, mi brazo se encontraba ya introducido por completo en el otro lado. Y mientras, mi otro yo seguía tirando de mi cuerpo. Intenté resistir como pude, pero cuanto más tiraba, más fuerza ejercía ese ser.
Frío, estaba frío. Solo mi cabeza se encontraba fuera del espejo, pero estaba demasiado congelado como para poder resistir. Entonces mi otro yo sacó su brazo desde el otro lado del espejo, cubierto de sangre, agarró mi nariz y tiró hasta introducirme por completo. Ahora, lo único que queda es una casa vacía, sin muebles, sin color, sin vida. Solo ese solitario espejo colocado en el cuarto de baño, esperando a que algún alma inocente como la mía vuelva a reparar en él.

miércoles, 23 de junio de 2010

[No te fíes de tus vecinos]

Anne se acababa de mudar a nuestro barrio. Ahora vive en la casa de al lado, junto con sus padres, así que al día siguiente a su llegada tuve que ir a saludarlos y a darles la bienvenida.
- ¿Y tú quién eres? -Me dijo con cara arisca al verme frente a su puerta.
- Soy vuestro vecino, venía a daros la bienvenida al barrio.
- Largo, aquí no hay nadie. -Gritó, cerrándome la puerta en las narices. Lo natural sería que me hubiera molestado, largándome de allí mientras mascullaba insolencias, pero en lugar de ello me quedé quieto, prendado por la nueva joven. Era realmente hermosa, y tenía un algo que la hacía de lo más atrayente.
Al día siguiente, mis padres se fueron al médico con mi hermano y yo me quedé solo en casa. Esa noche, Anne tuvo una fuerte discusión con sus padres. Pese a no estar las dos casas unidas por las paredes, podía escuchar sus gritos perfectamente. Estaba algo molesto, pero pensaba que sería mejor no inmiscuirse en sus asuntos familiares.
De repente, un prominente chillido de mujer me sacudió por completo, y la voz de su padre cesó. Atraído por la curiosidad, me apresuré hacia la ventana de mi habitación, que daba justo al lateral derecho de los vecinos y desde donde se podía divisar el interior de una pequeña sala, lugar donde casualmente se encontraban el padre, la madre y Anne. La cuarentona mujer no paraba de gritar, parecía que le tenía miedo a su hija, pero el padre se encontraba inmutable frente a ellas, como si alguien hubiera detenido sus movimientos con una especie de mando mágico. Unos hilos gruesos de color carne caían desde el interior de su estómago, acompañados por un líquido tan rojo como la rosa, y al instante en que el fluido dejó de salir del hombre mayor, cesó su respiración, haciéndole permanecer inmóvil de rodillas frente a su hija. Anne se percató de mi presencia y me observó sin siquiera fruncir el ceño; la madre siguió su ejemplo. Craso error. Lo último que recuerdo de esa terrorífica noche fue la cara de la mujer, frente al cristal, blanca como la nieve, mientras su cuerpo, tendido en el suelo, expulsaba sangre violentamente desde el lugar donde debería estar su cabeza, salpicándole a Anne en la falda. Al instante me desmayé.
- Hey. Hey. ¡Oye! Despierta, dormilón.
- ¿Qué? ¿Cómo?
- Te has quedado dormido frente a la ventana. En qué estarías pensando...
- Yo, solo... Supongo que tuve una pesadilla.
- ¿Sí? ¿Estás bien?
- Claro, no te preocupes.
- Bueno, pues me alegro. Oye, te he dejado el almuerzo en el microondas, caliéntatelo tú, que yo me tengo que ir.
- ¿Eh? ¿A dónde?
- Ah, nada, que me acaba de llamar porque está sola esta tarde y quiere que vaya con tu padre a hacerle compañía.
- ¿Y quién te ha llamado?
- Anne.

viernes, 19 de marzo de 2010

[SinNombre] 1 (borrador)

Me despierto de la dura y a la vez cómoda cama mientras el estómago me resuena con poca delicadeza.
Me visto y salgo a la búsqueda de algo de comida precalentada.
Me tiro por última vez en el sofá de la salita de estar.
Me desespero.
Bostezo.

...

Este será el último momento de paz que tendré en toda mi vida. No poseo ningún tipo de trabajo y tampoco tengo planeado obtener alguno, por lo que mis padres, con el único objetivo de ahorrar gastos para el futuro, me obligan a huir hacia el campo de esta mi escalofriante y cómoda prisión de cerámica y mármol. Exacto; pese a mis ya viejas veinte primaveras, soy lo que se consideraría un despojo social. ¡Gran estupidez! ¿Acaso pensarías de mí algo así? Yo, a diferencia de los demás, sé hacer vida fuera de su éstupida moral de ciudad. Mi pasatiempo es la lectura: Baudelaire, Petrarca, Goethe... A diferencia del resto de las auto-proclamadas personas "normales", en cuanto a su modo de vida se refiere, tengo el objetivo de adquirir el mayor conocimiento y cultura que me sea posible, ¡se necesita un mundo mejor! Y esta es la única manera de conseguirlo. ¿Para qué malgastar mi preciado tiempo en meros trabajos a media jornada o inútiles escuelas en las que se aprende a ser esclavo de la sociedad? Yo digo no; no a estas esposas que se nos obliga llevar, no a vuestro control sobre el mío y no al apresamiento del verdadero ser. Ahora se me incita a abandonar mi reconfortante jaula del saber, a dejar atrás esa despreocupada sensación del bien hacer y partir hacia el desconocido paradero de unos familiares que bien poco me interesan. Tendré que dejar atrás mi vida y buscar el descanso fuera de la ciudad, en plena naturaleza, donde ellos residen. Haré lo que esté en mi mano para proseguir con lo que la humanidad no ha proseguido. ¡Disculpadme! ¡Necesito avanzar, pero prometo continuar con mi deber!

...

Pero no puedo más. Por favor, salvadme. Sacadme de este escalofriante dilema.
Solo soy una persona con múltiples almas, y ambas están encarceladas en una tortura eterna.


La luz me ciega. El frío rayo dorado intenta penetrar mis ojos, el viento sopla con la fuerza de mil ejércitos, dispuesto a llevarme con él, y el ruido me acorrala cual pobre conejillo de indias ante la incesante mirada de dos hombres con batas blancas y sonrisas perfectas. El mundo se vuelve para mirarme a la cara y escupirme. Malditos inútiles, indeseosos, pretenciosos e hipócritas ciudadanos sin amor propio que solo buscan el daño ajeno, seres incapaces de preocuparse por alguien más que no sean ellos mismos.
Todos merecéis la muerte.
-Vamos Yasu, mete las cosas en el coche y sube.
Ordena, sí, ordena. Sigue imponiéndote ante los demás. Aumenta el odio de los que te rodean y haz que su estocada final sea lo suficientemente mortífera y certera como para hacerte sucumbir de una vez por todas.
-Voy...

...

Mamá, te quiero, en realidad sabes que te quiero. Y yo también lo sé, solo que prefiero no saberlo.
Mamá, la oscuridad es tan cómoda y reconfortante, tan tenebrosamente deliciosa, que cuando me encuentro contigo es como si me viera en el espejo.
Mamá, no intentes ayudarme, el universo en el que yo vivo es demasiado diferente y complejo.
Y la luz me ciega.

...

-Al fin.
-Uhm...
Un misterioso y a la vez pintoresco paisaje se abre por el orizonte, gritándome con grandilocuencia cuán bello intentaba ser visto, cubriéndose por todos lados con los vivos colores del atardecer. Una  pequeña casita, blanca como la nieve, con un tejado rojo con una chimenea y varias ventanas en circulo, se muestra vergonzosa por la esquina más recóndita del cuadro, y es en ese momento cuando la visión de un futuro próspero y tranquilo despierta al fin en mi mente.
El sonido del motor se silencia de golpe, al mismo tiempo en que mi madre deja escapar una pequeña bocanada de aire de sus labios. Sale del coche y golpea la delicada puerta de madera. Mientras, yo permanezco guarecido en mis pensamientos.
Una mujer mayor, cuya vida ya ha dado por satisfecha, se deja ver frente a mi madre. Una joven muchacha, tal vez de mi edad, aparece tras ella, escondida entre sus vestimentas.
- ¡Hola, mamá, cuánto tiempo!
- ¡Anda! ¡Hija mía! ¡Pero qué crecida estás!
Sí, yo también os quiero.
- ¿Y tu chico? ¿Dónde está ese pequeño renacuajo?
- En el coche, durmiendo. Voy a despertarle.
- ¡No, mujer, no! ¡No te preocupes! Entra y deja la puerta abierta, ya aparecerá cuando se le quite el sueño.
Entonces, la enérgica anciana agarra a su hija de una manga del vestido y la hace entrar hacia el interior de la casita, el cual es lo suficientemente oscuro como para no poder distinguir las sombras de lo que hay en él.
- Vamos, vamos, tienes que contarme demasiadas cosas.


Click.
Corre un suave viento, no del todo molesto, pero tampoco agradable. El tiempo se comporta muy extrañamente cuando es otoño, y aquí en la nada más se notará si cabe. Huele a hierba recien cortada, pero en cuanto al sonido, no se puede escuchar ni a una mosca. Es todo tan... agradable, que me produce escalofríos.
Lentamente me introduzco en la casa, dejando la puerta levemente cerrada. Adiós, atmósfera de misterio.
Se escuchan voces. Risas. Tras el oscuro pasillo puedo entrever una pizca de luz aullando por una esquina. Mientras me acerco, lentamente, aparecen ante mí pinturas colgadas de todo tipo, además de unas cuantas macetas más vivas que mi propia alma. Al fondo, antes de entrar en la luz, se me muestra un Shakespeare imponente por toda la pared, obligando a mis sentidos a detenerse ante semejante figura. ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cómo puede...?!
- Oye. Yasu. Vamos, no te quedes ahí pasmado y entra.
Mamá... No lo comprendes...
- Pedí que me lo trajeran a un coleccionista del pueblo de al lado. ¿Te gusta?
- S-Sí... Es increíble.
Y la brisa me vuelve a golpear, mofándose de mi figura.
Es una pequeña salita. En ella, mi madre y mi abuela descansan en torno a una pequeña mesa posicionada en el centro de la habitación, dándole la espalda a un, en contraposición, enorme ventanal que nos regala con las lejanas montañas y el apacigüe valle cercanos al lugar.
Las dos mujeres cotillean sobre sus nimiedades mientras la chica, situada tímidamente a las espaldas de mi abuela, me observa con una mirada penetrante, dulce y a la vez dañina. Parece alguien interesante; aún no ha mencionado palabra alguna, lo que hace aumentar mi curiosidad. ¿Debería decirle algo? Abuela, ¿no piensas presentármela? ¿Debería mirarla?
Y eso hago: centro mi visión en ella. Cuando percata mi atrevida acción, aparta su delicada mirada intuitivamente, como si se le hubiese presentado el temible lobo de Caperucita dispuesto a comérsela. Pobrecilla.

...

Maldito sea el día en que me topé con ese dichoso sentimiento.
Quiero decir... ¡No puedo enamorarme! ¡¿Qué demonios es el amor?! ¡Puro capricho!

sábado, 16 de enero de 2010

[Prólogo] La Ciudad Prohibida

Tierra a la tierra, ilusiones a las ilusiones. No se te ocurra abrir la caja de Schrödinger, vaya a ser que el gato de las ilusiones te acabe mordiendo el trasero.

Sabéis, en resumidas cuentas, de qué trata, ¿verdad? Un gato es encerrado en una caja junto con veneno, y esto con el paso del tiempo hace que sea imposible averiguar si el gato está vivo o muerto. O más bien, afirmar el estado del gato, ya que por poder, podría estar creándose un universo dentro sin que tú te dieras cuenta siquiera.
 ¿Qué pasaría si abriéramos la caja? Nada, porque al fin y al cabo ese féretro no existe con la concepción que nosotros tenemos de una caja. Podemos abrir todos los recipientes del mundo, pero nunca daríamos con el verdadero, y esto es por el simple hecho de que nosotros estamos dentro de él.
 "Pues vale", diréis. "¿Y qué?"
No lo sé. No lo sé, no tengo ni idea, pero sí es cierto que hay un hecho inevitable que nos hace imposible el poder entretenernos con nuestras aficiones. Y ese problema es la caja.
Su interior está inclinado, no es una mera superficie rectangular. Hay gente que se apelotona al fondo, y mientras, otros intentan escalarla.
Por supuesto, por encima de la cabeza de los demás.
¿Y esos pobres diablos que se quedan al fondo? Algunos intentan subir, sin lograr nada, porque carecen de fuerza, y otros simplemente ven más cómodo recostarse bajo los pies de la gente aun a sabiendas de su posición.
¿Qué es mejor? Diréis "pues subir, claro". Cada escalón que pasamos muestra a través de una pequeña ventanita el mundo de fuera.
Sí, ¿verdad?
No, claro que no. El gato... ¿Y si el gato no fuéramos nosotros? ¿Y si solo fuésemos las células que lo componen? No veríamos el exterior por esas ventanitas, lo que veríamos sería la piel del gato por dentro. ¿No es esto aún más desagradable e inútil que dejar ser pisoteado?
Tampoco. Lo mejor es subir, subir a la cima de la caja, dejando tripas y huesos rotos por doquier (metafóricamente hablando), y una vez en lo más alto, tumbarse en un costoso sofá de piel de leopardo y rascarse los huevos hasta que se gasten por el rozamiento. Entonces los demás te mirarán furiosos, envidiosos, sedientos de sangre. ¿Pero qué más da? No te pueden tocar. Que se pudran esos pobres infelices. Es más, ellos te odian, cuando tú lo único que has hecho en la vida ha sido basado en la ley de supervivencia. ¿Por qué? ¿Por qué te odian tanto entonces? No lo entiendes, así que les escupes, les meas en la cara y otras cuantas atrocidades más que no pienso nombrar.
¡Oh, pobre hombre solitario al que nadie ama!
¡Oh, alma evocada al sufrimiento eterno!
¿Dónde están tu leche y tus galletitas de compensación por haber conseguido alcanzar esa pequeña consolación por no poder salir de la caja?
Entonces te das cuenta, y una divina iluminación te golpea en la cara.
¡Dios, un milagro! ¡Solo ha podido ser un milagro!
Y con el saber que se encuentra ya posicionado en tu dolorida cabezita...
Saltas.
Caes.
Mueres.
No mueres.
El milagro.
Te apalizan.
Te escupen.
Te mean encima.
Y otras cuantas cosas más.
¿Por qué?
Ni ellos lo saben.
Pero tú sí lo sabes. Y lo entiendes. Tu mayor pecado.
Pero ya es demasiado tarde. Y aunque no lo fuera, no sabrías arreglarlo, porque sencillamente no se puede.
No se puede, ¿verdad?
Entonces cierras los ojos y despiertas.

Tierra a la tierra, ilusiones a las ilusiones. Descansa en paz, mi dulce soñador de la ilusión que ha sido bendecido por un milagro.

 ...Y bienvenidos, compañeros de fatigas, amantes del terror desenfadado, a esta oscura prisión de carne y sangre. El Rey ha muerto y ahora tenemos vía libre para escalar esta sucia montaña de la locura, antónima del mismísimo Purgatorio. Desde hace evos se nos ha prohibido escalar sus muros y coronar sus montañas en pos de la verdad eterna, tal y como dicen los Antiguos Escritos. Bien es verdad, si nos atenemos a sus afirmaciones sagradas, que cada nivel de la deforme ciudad en la que nos encontramos contiene un pasaje que conecta directamente con el más allá. Pasajes, cada cuales, en palabras de nuestros ancestros, más oscuros y tenebrosos. También se dice que nuestro omnisciente y difunto gobernador logró una vez alcanzar lo inalcanzable; bien, a esto, pocos niegan pero muchos dudan. Solo un muerto puede conocer la verdad, y solo un muerto puede entender la verdad.
Estamos en eras oscuras; la peste nos ha hecho una visita y la muerte ya poco se digna a esconderse de nosotros. Os ofrecemos pues, queridos amigos, la oportunidad de rozar esa cima, pero no se os ocurra pestañear, o entonces la volveremos a perder para siempre...
Recordad: la única persona que consiguió lo inalcanzable murió no de vejez ni por causas naturales. Se dice que la locura era el único aliado que le consolaba, y que el dolor humano no le surtía efecto. Pero no temáis, esta opción que os regalamos puede ser rechazada y desechada, eliminada de vuestros recuerdos y olvidada en la Eternidad como lo ha estado siempre hasta este momento. Pero nunca olvidéis los horrores que aguardan desde la Eternidad más eterna y la caprichosidad de la que presume el Destino.
Alzaremos el portón ahora mismo. Deseamos con toda nuestra fe que vuestro espíritu no sucumba ante los innombrables horrores que se os avecinan. Bienvenidos a la locura de los malditos, bienvenidos a la ciudad de Schrödinger.

Disfrutad las ilusiones enmascaradas en realidad, y descubrid la realidad escondida en las ilusiones.