Truena a mares. Mil gotas golpean contra la oscura ventana de la siniestra habitación muda. En esta noche me encuentro sola, con el rugir de mis suspiros como único compañero. Las luces de la mansión entera han cesado a causa de la tormenta y la única entrada convencional al lugar en el que me encuentro se halla cerrada bajo una fuerte cadena de acero. La cerradura se encuentra fuera de esta prisión, impidiéndome escapar por mucho que lo busque. Al intentar abrir la puerta, un ligero espacio me permite vislumbrar el exterior de la siniestra sala: un estrecho e infinito pasillo oscuro aguarda, pero no puedo ver nada más, la fuerte cadena de acero no me lo permite. Tras forcejear durante, según intuyo, varias horas, ceso; y con lágrimas en el rostro doy media vuelta y busco a ciegas otra posible vía de escape. La enorme ventana está rodeada por cientos de cadenas que se unen entre sí para impedir cualquier intento de salida, y desde los pocos huecos que no muestran acero se vislumbra el exterior: oscuridad, lluvia y centenares de tenebrosos árboles que poco agradan a la vista. Desesperada, busco a tientas una silla en la pequeña sala con la que romper el cristal e intentar escapar de alguna forma, pero al momento de encontrarla, un indescriptible sonido inunda mis sentidos y colapsa mis intenciones; proviene del estrecho pasillo. Hago acopio de valor y, con el milagro de una ayuda en mente, corro hacia la puerta y la entreabro, asomando con disimulo. Nada; oscuridad es lo que proviene, y oscuridad es lo que recibo. Mi mirada hace tiempo que se ha acostumbrado al espantoso negro, por lo que puedo observar las paredes del estrecho pasillo, de un verde oscuro y desgarrado, y las distintas puertas que dan a habitaciones desconocidas, demacradas y corrompidas por la vejez. Pero me niego a aceptar la locura. No tan pronto. Por lo que continúo observando, mientras me tiemblan las piernas y me chorrea la frente. El inenarrable sonido vuelve a aparecer desde la lejanía del estrecho pasillo y entonces comienzo a sentir el verdadero temor que hasta ese momento había escondido como había podido. El sonido se acerca lentamente y se transforma: es el chillido de un hombre y una mujer, con un tono muy agudo y elevado a la par que grave y estruendoso. Cada vez lo noto más cerca, pero aún no soy incapaz de ver nada. El ruido se aproxima, pero para mis ojos el estrecho pasillo continúa inalterable, con sus verdes paredes y con sus extrañas puertas. Dudo, y un rápido pensamiento me insta a dar la vuelta y a esconderme en la oscuridad de la habitación, pero soy de naturaleza valiente, así que continúo observando, continúo escuchando el ya cercano, muy cercano chillido. Y entonces la voz parece hablarme, y mi parte inconsciente cierra al mismo instante la puerta, antes de poder escuchar palabra alguna, y el horripilante pavor de lo desconocido me advierte de que la puerta no es lugar para humano alguno. Caigo al suelo frente a la entrada, agotada por completo, y aguardo mi muerte durante varias horas. Pero aún sigo viva. El día no llega, pese a haber pasado más que suficientes horas esperando. No he podido pegar ojo, y el cansancio me agota casi tanto como el propio miedo. La desesperación por salir de este horrible lugar me mantiene despierta y alerta mientras continúo buscando una forma de escapar de esta inmunda jaula vacía.
Resuenan traqueteos de cuerpos sin alma tras la enorme ventana amordazada, pequeños golpes y rasguños provenientes de la parte exterior del cristal. Pero no es esto lo más tenebroso, puesto que, al darme cuenta del atroz ruido, giro rápidamente mi mirada y observo, atónita, el inescrutable horror que trae consigo el silencioso vacío de la nada. Los murmullos del cristal aumentan en sintonía con la locura y llegan a un tono tal, que me resultan indistinguibles las llamadas de los muertos ausentes de las peticiones de auxilio de mi alma acobardada. Y es entonces cuando distingo diminutas sombras entre la oscuridad exterior, más negras que la propia noche. Y lloran. Y me llaman por mi nombre. Pero el sonido que producen sus inexistentes rostros solo resuena en mi cerebro, de modo que me doy por loca y trato de olvidar sus ruegos, de apartar la mirada y de negar lo que hay tras el cristal. Inmediatamente, al volver la mirada hacia el exterior, creo ver el frío y mortecino brazo que extiende una de las criaturas hacia el cristal, pero devuelvo el rostro a tiempo y me introduzco en el pesado armario que hay en la habitación, tratando de olvidar lo que está ahí, aun a sabiendas de que lo que está ahí, aun invisible, permanece inmutable, esperando con inagotable paciencia que acerquemos nuestros delgados y delicados cuellos. Porque la realidad misma no nos necesita, y ellos lo saben y lo utilizan a nuestra costa. Sobre estos asuntos ando divagando cuando se hace el silencio en el mundo entero y unos pasos provenientes de ninguna parte cruzan delante del pesado armario, deteniéndose, como si hubieran olido algo dentro de este, y observándome desde fuera. Los pulsos de mis venas se convierten en tambores de guerra, mientras que mi respiración se vuelve muda y mi mudez tirita y se retuerce de pavor. Es entonces cuando, desfallecida, pierdo por completo la conciencia.
Despierto de una pesadilla para caer en otra. La oscuridad y el desasosiego me atrapan por completo y me transportan de nuevo a esta realidad macabra. Es en ese momento cuando recuerdo las hostiles pisadas, ya desaparecidas, de la horrible criatura vigilante. El terror desaparece poco a poco cuando abro, con lentitud, la pesada puerta del armario y compruebo que solo yo me encuentro aquí ahora mismo. Tanto las sombras como los ruidos del exterior han desaparecido pero, en su lugar, la puerta sellada que había permanecido impasible ante mi voluntad se encuentra abierta de par en par, ofreciéndome las sombras de ese estrecho pasillo rodeado de tiniebla. Hace tiempo ya que lo he dado todo por perdido, que he sucumbido a esta habitación y que me he ofrecido a la inerte oscuridad que me rodea, de modo que no me lo pienso dos veces al traspasar esa horrible puerta del revés e intentar, ingenua de mí, escapar de aquel lugar que tanto me aprisiona. Lo primero que ocurre al poner los pies fuera de la habitación es un portazo de la dicha puerta, impidiéndome volver por donde he venido. La entrada entonces se desvanece, quedando solo una fría pared verde oscuro y una pequeña nota pegada a esta. "Ya has tomado la decisión", es lo que dice con una letra fea y borrosa. Es entonces cuando comienzo a añorar aquel lugar ya tan bien conocido. Pero mi espíritu es fuerte, de modo que giro sobre mí e inspecciono el entorno buscando una posible vía de escape. Me dirijo hacia la destrozada puerta más cercana, puesto que mis ojos ya se han acostumbrado de nuevo a la noche, cuando un intenso pavor devora mi cuerpo entero haciéndome temblar como nunca he temblado y suplicar a dios -a cualquiera- al comprobar que la odiosa e infernal puerta carcomida por los demonios no es más que pintura muy detallada sobre la sucia pared del estrecho y mentiroso pasillo. Corro hacia delante para no desfallecer, mientras compruebo con mis propios ojos los engaños de color madera que se repiten por toda la estancia. Y entonces, entonces, ¡hay de mí! ¡Esa vil criatura que hasta ahora no había sido más que un observador inquieto y silencioso aparece tras de mí como una sombra desfigurada mientras extiende sus brazos y me llama por mi nombre!
Estuve corriendo durante horas enteras. Durante días, durante meses y durante años. Corrí hasta desfallecer, y, cuando desfallecía, me levantaba y volvía a ponerme en carrera a causa del puro terror humano. Continué corriendo por el estrecho y carcomido pasillo hasta que llegó el fin del mundo; pero eso no me detuvo, y nada me detendrá jamás, puesto que, aunque continúe en la misma mugrienta mansión de los horrores de la que nunca he escapado, mi espíritu es fuerte y valiente, y nunca, jamás, permitiré que sucumba ante los caprichos de lo conocido.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
jueves, 13 de octubre de 2011
Estoy enamorado
Estoy enamorado. Indescriptible descripción de valor vivo y no humano
la que me azota todas las noches. Estoy enamorado del cielo, de la
tierra, de las personas y del arte y del propio amor. Un amor solitario
el de mis anhelos, incompartido, imposible de compartir. Sí, estoy
enamorado de mi deseo de amar, de mi voluntad férrea e innecesitada, de
los cantos de la naturaleza que resuenan al exterior de la fría piedra
incolora y del olor puro de la blanca nada. Inenarrable sensación de
sopor fútil y de cálido vacío que inunda la existencia y da valor al
valor y sentido al sentido, que me indica con suave delicadeza que
continúe escribiendo este baile sobre el amor que no tiene ningún
sentido.
Y pienso. Desde la suave tela hasta el frío mármol sigo narrando, y estos viajes sin recorrido me acompañan por la oscura visión de los sentidos y se transforman en algo nuevo, en lo real y en lo querido. Y estos objetos sin sentido físico engatusan y alegran y no roban ni asesinan, y señalan y dirigen sobre el camino del albedrío, enseñando a amar y a elegir lo bueno sobre lo otro bueno. Tal se llama la voluntad misma, sinónimo de capricho y de loco idiota sin ningún destino.
E imagino. Porque la nada es nada y el polvo es polvo, pero la voluntad nos dice que eso no es todo, que sigamos buscando nuestro sentido. Así que seguimos, buscamos allá donde la tierra ofrece, donde el sol deslumbra y donde el viento aúlla, y allá encontramos la existencia que nos embriaga del vacío sino, porque la voluntad quiere lo que poseemos en vida, lo que ayuda sin auxilio y lo que guía sin ayuda.
Y nos quedamos solos e indefensos ante la abrumadora verdad de nuestras almas.
Y pienso. Desde la suave tela hasta el frío mármol sigo narrando, y estos viajes sin recorrido me acompañan por la oscura visión de los sentidos y se transforman en algo nuevo, en lo real y en lo querido. Y estos objetos sin sentido físico engatusan y alegran y no roban ni asesinan, y señalan y dirigen sobre el camino del albedrío, enseñando a amar y a elegir lo bueno sobre lo otro bueno. Tal se llama la voluntad misma, sinónimo de capricho y de loco idiota sin ningún destino.
E imagino. Porque la nada es nada y el polvo es polvo, pero la voluntad nos dice que eso no es todo, que sigamos buscando nuestro sentido. Así que seguimos, buscamos allá donde la tierra ofrece, donde el sol deslumbra y donde el viento aúlla, y allá encontramos la existencia que nos embriaga del vacío sino, porque la voluntad quiere lo que poseemos en vida, lo que ayuda sin auxilio y lo que guía sin ayuda.
Y nos quedamos solos e indefensos ante la abrumadora verdad de nuestras almas.
martes, 19 de julio de 2011
El único deseo
Hace tiempo, alguien me dijo que se necesita un mínimo de dos personas para crear un universo. Tenía razón. Esta es la historia de esa persona y mía, historia que ha sobrepasado el mero concepto de relato y que me ha ayudado a conformar mi verdadero yo. Querido lector, póngase cómodo y déjese llevar por este turbulento remolino que una vez me arrolló y me meció hacia su perturbada locura.
Se trataba de una fría noche de verano. Encontrabame volviendo a casa por el serpenteante camino de la colina tras un pequeño paseo, pero ¡ah, cuan bello era el sol que se escondía tras las montañas, que por su causa llegaba a tales horas a mi solitaria morada! Los alegres conejillos que correteaban por el lugar daban paso al canto de las cigarras, que me engullían junto a la oscuridad de la luna.
Dos pequeñas ventanas me saludaban dándome de nuevo la bienvenida.
Vivía solo, debo aclarar, en una pequeña casa a la orilla de un río, y un poblado bosque me separaba, para mi beneficio, de la población más cercana, que se encontraba a más de veinte tiros de piedra por un sinuoso y estrecho camino. Pero ese día, el cual recuerdo con la mayor claridad que pueda ser posible para un hombre, pobre de mí, un tormentoso destino me sería mostrado, el cual turbaría mi futuro por los siglos de los siglos.
Bella Claire con tu plateada melena y esa sonrisa perfecta, ¿por qué tuviste que venir a verme? ¿dónde está aquel al que llamas sino, que te ha traído a mis rotos brazos y te ha obligado a dirigir tu prohibida mirada hacia estos blasfemos ojos? Cuando te contemplé, parada frente a la puerta mientras buscabas refugio como si fueras un cachorro perdido, en ese momento acabaste con mi existencia, la eliminaste y moldeaste nuevamente, y no hay hora, querida Claire, en la que me haya podido arrepentir de tal dulce tormento.
"¿Puede ayudarme?", dijo nada más cruzar mi mirada. "He huido de las profundidades de ese pueblo en busca de un nuevo lugar en el que reposar mi alma. Vagaba por el bosque con el propósito de encontrar nula huella humana cuando he dado con esta pequeña morada suya, y tal ha sido la curiosidad con la que me he topado que no he visto otra solución mas que esperar la llegada de su humilde sirviente." Y dicho esto, la joven, bellísima como era, recogiose la falda en la que acababa su traje blanco y, con el gesto más cuidado que haya visto nunca, realizó una pequeña reverencia, impidiendo toda negación que pudiera vislumbrarse en mi sorprendido rostro. Una vez dentro y sentados en una pequeña mesa con nuestras respectivas tazas de té, la chica de pelo plateado me dijo su nombre, me contó de nuevo los motivos que la habían llevado a tales circunstancias y me pidió, casi con lágrimas en los ojos, que la permitiera quedarse hasta nuevo aviso, para así poder dar descanso a su agotada alma pero sin por ello perder todo el contacto con la sociedad humana. Acepté encantado sin meditarlo apenas, puesto que la chica parecía hallarse en mis mismas circunstancias. De su pasado, en cambio, no quiso soltar ni una sola palabra, tal vez por su curiosa intención de olvidar todo hasta ese dichoso momento en que encontró mi casa.
Me levanté de madrugada para tener el placer de servir el desayuno con antelación cuando la vi, tan preciosa ella, sentada en el suelo de madera con la puerta abierta acariciando a un pequeño conejo del color del hielo. Un delicioso aroma a café y galletas recién horneadas subía desde la cocina hasta mis fosas nasales, y no me quedó otra que avergonzarme por mi tardanza y bajar la cabeza. "Buenos días, amigo mío. Espero que no le moleste la libertad que me he tomado para preparar el desayuno. Si me disculpa, lavaré mis manos y me sentaré para que podamos comerlo en compañía del otro".
Fue entonces, lector mío, y no antes, cuando caí rendido en los brazos de esa joven princesa de blanco. Fue entonces cuando Afrodita me tocó con su rayo y cuando pude vislumbrar, por vez primera, la belleza escondida tras su propio nombre. Tomamos el desayuno mientras los pájaros cantaban nuestro nombre y el viento aullaba de alegría, mientras la campanilla con olor a rosas y voz de humano me revelaba su secreto más bien guardado, mientras descubría que esa bruja que repartía amor y paz por donde pasaba tenía más relación con la realidad misma que con los cuentos de hadas.
En efecto, es tal y como digo, tal y como suenan mis palabras: Claire tenía el poder de conceder deseos siempre que fueran puros y gentiles, y me ofreció uno como recompensa por haberla hospedado. Me preguntó por mi mayor ilusión, por lo que más quería, y yo, sin dudarlo ni un segundo, se lo dije: "Claire, yo te quiero a ti, yo a ti te amo. Eres tú mi mayor deseo, y también mi única esperanza. Claire, bella princesa de color escarlata, esto es lo que deseo: quiero que seas mía para toda la eternidad".
Anunciados mis pensamientos, con un leve suspiro y sin una sola palabra, mi mayor deseo levantó su cuerpo, atravesó la puerta en la que el blanco conejo reposaba, y marchose hacia el soleado bosque, no volviendo, nunca más, hacia esta mi humilde morada.
Esa misma noche ella se me apareció en sueños. Sus palabras, claras y carentes de emoción, helaron mis sentidos y turbaron mis pensamientos hasta límites tales, que la consciencia misma no era consciencia sino sustancia, una sustancia sólida incapaz de abarcar las verdades con las que me hablaba.
"Humano, heme aquí como en tu interior deseabas. Pastora de mi religión, concibo el amor y la paz por el mundo, y es por ello que el mencionado mundo me rechaza. Busco personas fuertes de espíritu y puras de alma y las pongo a prueba. Con meras palabras no vas a contentarme; abraza tu imaginación y sonríe, puesto que en este terrenal purgatorio disfrazado de paraíso no vas a encontrar de nuevo la paz y no vas a ser de nuevo feliz. Eres consciente del profundo mar en el que desemboca el río que fluye tras tu morada; ese es el final de tu fantasía, por si no encuentras solución mejor a tus pesares. Al final de la fantasía el amor es verdaderamente visible. Olvidarás las odiosas y limitadas preferencias humanas para así dar paso a la tarea de amar, y es ahí donde verás consolado tu mayor deseo".
Tras pronunciar su última palabra, el sueño terminó y el sudor y el miedo lo reemplazaron como sus amigos más fieles. Aún en pijama y descalzo bajé corriendo las escaleras y, sin pensar, salí en dirección hacia el peligroso río. Una vez ante el agua, los pensamientos sustituyeron por un levísimo momento a los sentimientos y recapacité: es verdad, mi amada Claire, cuyo nombre halaga a la belleza, de rostro frágil y virginal, más puro y blanco que el alma misma, tan única e inigualable como ninguna otra. Es verdad, en este mundo lleno de odio y tristeza, la magia puede volverse la llave que abra la puerta a un lugar lleno de amor y de felicidad.
Segundos después me lancé al oscuro río, perdiéndome entre su helado y placentero abrazo.
Se trataba de una fría noche de verano. Encontrabame volviendo a casa por el serpenteante camino de la colina tras un pequeño paseo, pero ¡ah, cuan bello era el sol que se escondía tras las montañas, que por su causa llegaba a tales horas a mi solitaria morada! Los alegres conejillos que correteaban por el lugar daban paso al canto de las cigarras, que me engullían junto a la oscuridad de la luna.
Dos pequeñas ventanas me saludaban dándome de nuevo la bienvenida.
Vivía solo, debo aclarar, en una pequeña casa a la orilla de un río, y un poblado bosque me separaba, para mi beneficio, de la población más cercana, que se encontraba a más de veinte tiros de piedra por un sinuoso y estrecho camino. Pero ese día, el cual recuerdo con la mayor claridad que pueda ser posible para un hombre, pobre de mí, un tormentoso destino me sería mostrado, el cual turbaría mi futuro por los siglos de los siglos.
Bella Claire con tu plateada melena y esa sonrisa perfecta, ¿por qué tuviste que venir a verme? ¿dónde está aquel al que llamas sino, que te ha traído a mis rotos brazos y te ha obligado a dirigir tu prohibida mirada hacia estos blasfemos ojos? Cuando te contemplé, parada frente a la puerta mientras buscabas refugio como si fueras un cachorro perdido, en ese momento acabaste con mi existencia, la eliminaste y moldeaste nuevamente, y no hay hora, querida Claire, en la que me haya podido arrepentir de tal dulce tormento.
"¿Puede ayudarme?", dijo nada más cruzar mi mirada. "He huido de las profundidades de ese pueblo en busca de un nuevo lugar en el que reposar mi alma. Vagaba por el bosque con el propósito de encontrar nula huella humana cuando he dado con esta pequeña morada suya, y tal ha sido la curiosidad con la que me he topado que no he visto otra solución mas que esperar la llegada de su humilde sirviente." Y dicho esto, la joven, bellísima como era, recogiose la falda en la que acababa su traje blanco y, con el gesto más cuidado que haya visto nunca, realizó una pequeña reverencia, impidiendo toda negación que pudiera vislumbrarse en mi sorprendido rostro. Una vez dentro y sentados en una pequeña mesa con nuestras respectivas tazas de té, la chica de pelo plateado me dijo su nombre, me contó de nuevo los motivos que la habían llevado a tales circunstancias y me pidió, casi con lágrimas en los ojos, que la permitiera quedarse hasta nuevo aviso, para así poder dar descanso a su agotada alma pero sin por ello perder todo el contacto con la sociedad humana. Acepté encantado sin meditarlo apenas, puesto que la chica parecía hallarse en mis mismas circunstancias. De su pasado, en cambio, no quiso soltar ni una sola palabra, tal vez por su curiosa intención de olvidar todo hasta ese dichoso momento en que encontró mi casa.
Me levanté de madrugada para tener el placer de servir el desayuno con antelación cuando la vi, tan preciosa ella, sentada en el suelo de madera con la puerta abierta acariciando a un pequeño conejo del color del hielo. Un delicioso aroma a café y galletas recién horneadas subía desde la cocina hasta mis fosas nasales, y no me quedó otra que avergonzarme por mi tardanza y bajar la cabeza. "Buenos días, amigo mío. Espero que no le moleste la libertad que me he tomado para preparar el desayuno. Si me disculpa, lavaré mis manos y me sentaré para que podamos comerlo en compañía del otro".
Fue entonces, lector mío, y no antes, cuando caí rendido en los brazos de esa joven princesa de blanco. Fue entonces cuando Afrodita me tocó con su rayo y cuando pude vislumbrar, por vez primera, la belleza escondida tras su propio nombre. Tomamos el desayuno mientras los pájaros cantaban nuestro nombre y el viento aullaba de alegría, mientras la campanilla con olor a rosas y voz de humano me revelaba su secreto más bien guardado, mientras descubría que esa bruja que repartía amor y paz por donde pasaba tenía más relación con la realidad misma que con los cuentos de hadas.
En efecto, es tal y como digo, tal y como suenan mis palabras: Claire tenía el poder de conceder deseos siempre que fueran puros y gentiles, y me ofreció uno como recompensa por haberla hospedado. Me preguntó por mi mayor ilusión, por lo que más quería, y yo, sin dudarlo ni un segundo, se lo dije: "Claire, yo te quiero a ti, yo a ti te amo. Eres tú mi mayor deseo, y también mi única esperanza. Claire, bella princesa de color escarlata, esto es lo que deseo: quiero que seas mía para toda la eternidad".
Anunciados mis pensamientos, con un leve suspiro y sin una sola palabra, mi mayor deseo levantó su cuerpo, atravesó la puerta en la que el blanco conejo reposaba, y marchose hacia el soleado bosque, no volviendo, nunca más, hacia esta mi humilde morada.
Esa misma noche ella se me apareció en sueños. Sus palabras, claras y carentes de emoción, helaron mis sentidos y turbaron mis pensamientos hasta límites tales, que la consciencia misma no era consciencia sino sustancia, una sustancia sólida incapaz de abarcar las verdades con las que me hablaba.
"Humano, heme aquí como en tu interior deseabas. Pastora de mi religión, concibo el amor y la paz por el mundo, y es por ello que el mencionado mundo me rechaza. Busco personas fuertes de espíritu y puras de alma y las pongo a prueba. Con meras palabras no vas a contentarme; abraza tu imaginación y sonríe, puesto que en este terrenal purgatorio disfrazado de paraíso no vas a encontrar de nuevo la paz y no vas a ser de nuevo feliz. Eres consciente del profundo mar en el que desemboca el río que fluye tras tu morada; ese es el final de tu fantasía, por si no encuentras solución mejor a tus pesares. Al final de la fantasía el amor es verdaderamente visible. Olvidarás las odiosas y limitadas preferencias humanas para así dar paso a la tarea de amar, y es ahí donde verás consolado tu mayor deseo".
Tras pronunciar su última palabra, el sueño terminó y el sudor y el miedo lo reemplazaron como sus amigos más fieles. Aún en pijama y descalzo bajé corriendo las escaleras y, sin pensar, salí en dirección hacia el peligroso río. Una vez ante el agua, los pensamientos sustituyeron por un levísimo momento a los sentimientos y recapacité: es verdad, mi amada Claire, cuyo nombre halaga a la belleza, de rostro frágil y virginal, más puro y blanco que el alma misma, tan única e inigualable como ninguna otra. Es verdad, en este mundo lleno de odio y tristeza, la magia puede volverse la llave que abra la puerta a un lugar lleno de amor y de felicidad.
Segundos después me lancé al oscuro río, perdiéndome entre su helado y placentero abrazo.
domingo, 3 de julio de 2011
Yo
¿Qué me ha pasado?
¿Dónde estoy? ¿Un hospital?
Hay sangre por todas partes...
¿Pero qué coño?
Uff, al fin aire libre. ¿Pero qué demonios era eso?
Esto parece una ciudad... Joder, no recuerdo nada...
¡Oye! Perdona, ¿sabes si ha pasado algo en aquel hospital? Me acabo de despertar y no había nadie.
..
Hey, disculpa...
..
¿Disculp-? ¡Argh! ¡Joder! ¡¿Pero qué coño haces, tío?!
Joder...
¡Corre, corre!
Buf, que me ahogo... ¿Y ahora qué hago?
¡Bien! Tengo un móvil.
A ver...
¿Por qué no conozco a nadie? ¿No es mío?
Y encima no lo coge nadie...
Nada, oye, ni caso. ¡Pero si será la hora del almuerzo! No lo entiendo...
¿Eh?
...
¡Alguien vivo! ¡Oye, ¿me puedes echar una mano?! ¡Antes me he encontrado a un tío y...!
...
¡Ya voy, ya vo-! ¡Hostia!
Sí, echa la llave mejor... Buf, ¿pero qué narices les pasaba a esos?
...
¿Qué dices? Te estás quedando conmigo...
...
No, no estoy al día. ¿Qué pasa?
...
Yo... Joder, no recuerdo cómo me llamaba... Me acabo de despertar en un hospital de aquí al lado hace nada. Me he ido, no había nadie. ¿Por qué está la ciudad tan vacía? Por mucho que haya estado inconsciente...
...
¡Anda, venga ya!
...
Pues ahora que lo dices, poco antes de verte he visto un mercado, aunque parecía cerrado. Y no, no estaba saqueado, no entiendo por qué iba a estarlo.
...
Te estoy diciendo que estaba cerrado. Bueno, creo que debería irme. Aunque no sé a dónde. ... Gracias por lo de antes, tío.
...
No, de verdad... Creo que tengo amnesia o algo, pero llevo el móvil encima, ya llamaré a alguien.
...
Oye, si es una broma no tiene gracia.
...
¿Que has qué? ¿A tus padres? ... ¿Pero tú estás bien de la cabeza?
...
Mira, mejor me largo... Ah, y están tocando... Ya sí que sí. Adiós, y gracias por lo de antes.
...
Que no abra, dice. Puto enfermo...
Buenas. Yo me iba ya. Con permiso...
Qué tío más raro.
¿Eh? ¿El tío de antes? ¿Por qué grita?
¡Hostia puta! ¡Hostia puta, ¿pero qué coño has hecho?!
...
¡Me voy, puto loco!
No me lo puedo creer...
Mierda de ciudad... ¿Pero qué le pasa a la gente hoy? Los cuatro gatos que hay por las calles están más raros...
¿Eh? ¿Humo?
Anda, el móvil.
¿Diga?
...
Eh... Supongo. Soy el dueño del teléfono, me...
...
¿Soy tu marido? Perdona, es que me he despertado hace poco y...
...
Pues será eso, la verdad es que no recuerdo nada ahora mismo...
...
Sí, estoy bien, aunque me he encontrado a una gente más rara...
...
Pues... En una ciudad, no sé. A quince minutos del hospital en donde estaba.
...
Sí, sí, no te preocupes...
¡Oye!
Perdona, un imbécil casi me roba el móvil. Lo que decía, estoy algo confuso ahora mismo, pero estoy bien.
...
No, aunque ahora que lo dices, un...
...
Eran unos cuervos, que no se callaban. Decía que un tío hace un rato me ha pegado un bocado en el cuello, el muy gilipollas... Aún me duele...
..
Oye... Cariño... ¿Por qué lloras?
¿He dicho algo malo?
..
No llores, no llores. Cálmate, no pasa nada.
...
Claro que no, ¿por qué dices eso? Ya te he dicho que estoy perfectamente.
...
Mujer, ¿pero qué dices? ¿No ves que te estoy hablando ahora mismo? ¿Cómo voy a estar...?
...
No, no sé lo que ha pasado. Vamos, pero no llores, haces que me sienta culpable, y bastante poco entiendo ya...
...
¿Que me qué? Perdona, eran los malditos cuervos otra vez. Dime.
...
¿Por qué me dices eso? ¿Es porque no recuerdo nada?
No te preocupes, estoy seguro de que se acabará solucionando. ¡Si estamos casados, por algo será! ... Ya sabes que yo también te quiero.
..
Por favor, no llores más... Volveré contigo, no importa dónde estés, volveré como sea. ¿Dónde estás?
..
Uff, uff...
...
Yo... Ahh...
...
¡Ahhh!
...
..
..
..
.
¿Dónde estoy? ¿Un hospital?
Hay sangre por todas partes...
¿Pero qué coño?
Uff, al fin aire libre. ¿Pero qué demonios era eso?
Esto parece una ciudad... Joder, no recuerdo nada...
¡Oye! Perdona, ¿sabes si ha pasado algo en aquel hospital? Me acabo de despertar y no había nadie.
..
Hey, disculpa...
..
¿Disculp-? ¡Argh! ¡Joder! ¡¿Pero qué coño haces, tío?!
Joder...
¡Corre, corre!
Buf, que me ahogo... ¿Y ahora qué hago?
¡Bien! Tengo un móvil.
A ver...
¿Por qué no conozco a nadie? ¿No es mío?
Y encima no lo coge nadie...
Nada, oye, ni caso. ¡Pero si será la hora del almuerzo! No lo entiendo...
¿Eh?
...
¡Alguien vivo! ¡Oye, ¿me puedes echar una mano?! ¡Antes me he encontrado a un tío y...!
...
¡Ya voy, ya vo-! ¡Hostia!
Sí, echa la llave mejor... Buf, ¿pero qué narices les pasaba a esos?
...
¿Qué dices? Te estás quedando conmigo...
...
No, no estoy al día. ¿Qué pasa?
...
Yo... Joder, no recuerdo cómo me llamaba... Me acabo de despertar en un hospital de aquí al lado hace nada. Me he ido, no había nadie. ¿Por qué está la ciudad tan vacía? Por mucho que haya estado inconsciente...
...
¡Anda, venga ya!
...
Pues ahora que lo dices, poco antes de verte he visto un mercado, aunque parecía cerrado. Y no, no estaba saqueado, no entiendo por qué iba a estarlo.
...
Te estoy diciendo que estaba cerrado. Bueno, creo que debería irme. Aunque no sé a dónde. ... Gracias por lo de antes, tío.
...
No, de verdad... Creo que tengo amnesia o algo, pero llevo el móvil encima, ya llamaré a alguien.
...
Oye, si es una broma no tiene gracia.
...
¿Que has qué? ¿A tus padres? ... ¿Pero tú estás bien de la cabeza?
...
Mira, mejor me largo... Ah, y están tocando... Ya sí que sí. Adiós, y gracias por lo de antes.
...
Que no abra, dice. Puto enfermo...
Buenas. Yo me iba ya. Con permiso...
Qué tío más raro.
¿Eh? ¿El tío de antes? ¿Por qué grita?
¡Hostia puta! ¡Hostia puta, ¿pero qué coño has hecho?!
...
¡Me voy, puto loco!
No me lo puedo creer...
Mierda de ciudad... ¿Pero qué le pasa a la gente hoy? Los cuatro gatos que hay por las calles están más raros...
¿Eh? ¿Humo?
Anda, el móvil.
¿Diga?
...
Eh... Supongo. Soy el dueño del teléfono, me...
...
¿Soy tu marido? Perdona, es que me he despertado hace poco y...
...
Pues será eso, la verdad es que no recuerdo nada ahora mismo...
...
Sí, estoy bien, aunque me he encontrado a una gente más rara...
...
Pues... En una ciudad, no sé. A quince minutos del hospital en donde estaba.
...
Sí, sí, no te preocupes...
¡Oye!
Perdona, un imbécil casi me roba el móvil. Lo que decía, estoy algo confuso ahora mismo, pero estoy bien.
...
No, aunque ahora que lo dices, un...
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Eran unos cuervos, que no se callaban. Decía que un tío hace un rato me ha pegado un bocado en el cuello, el muy gilipollas... Aún me duele...
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Oye... Cariño... ¿Por qué lloras?
¿He dicho algo malo?
..
No llores, no llores. Cálmate, no pasa nada.
...
Claro que no, ¿por qué dices eso? Ya te he dicho que estoy perfectamente.
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Mujer, ¿pero qué dices? ¿No ves que te estoy hablando ahora mismo? ¿Cómo voy a estar...?
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No, no sé lo que ha pasado. Vamos, pero no llores, haces que me sienta culpable, y bastante poco entiendo ya...
...
¿Que me qué? Perdona, eran los malditos cuervos otra vez. Dime.
...
¿Por qué me dices eso? ¿Es porque no recuerdo nada?
No te preocupes, estoy seguro de que se acabará solucionando. ¡Si estamos casados, por algo será! ... Ya sabes que yo también te quiero.
..
Por favor, no llores más... Volveré contigo, no importa dónde estés, volveré como sea. ¿Dónde estás?
..
Uff, uff...
...
Yo... Ahh...
...
¡Ahhh!
...
..
..
..
.
miércoles, 1 de junio de 2011
El ello: sadiana perversidad
Te están llamando. Una pálida luz roba toda tu visión, obligándote a mantener cerrados los ojos. "No te preocupes, la vista la tienes intacta. Es solo la luz del sol". Poco a poco abres los párpados y hallas ante ti a un doctor y un séquito de personas en torno suya. Solo puedes mirarlo confundido. La camilla te resulta tan dura como una piedra. Estás en un hospital. "Probablemente no recuerdes nada. Bien, he aquí la explicación: ibas en tu coche, conduciendo por una larga carretera, cuando un enorme camión se te echó encima y, antes de que pudieras responder siquiera, perdiste el conocimiento y, por lo que parece, la memoria". No entiendes lo que te está contando el doctor, pero continúas escuchando. "Creo que no ha sido tan grave como para olvidar tu nombre o la dirección de tu casa, pero sí pueden verse alterados distintos aspectos de tu persona. Igualmente, llevas varias semanas hospitalizado y tu reposo ha cumplido con éxito. Si no ves mayor inconveniente, estaré dispuesto a darte el alta en cuanto te levantes". Haces lo que el doctor te dice mientras asimilas lo que acabas de escuchar. Una vez fuera, en la calle, pides un taxi y marchas a tu casa. Recuerdas dónde vivías, así que le das tu dirección al taxista sin mayor problema. Una vez dentro, en ese lugar que tan bien conoces, recuerdas que te ibas a encontrar solo hasta finales de año. Sueltas las llaves en la entrada y dispones hacia tu cuarto, a leer un rato y a pasar la noche.
Pero ese maldito perro te lo impide. No puedes concentrarte, pero solo es un perro callejero, así que se te ocurre una solución. La única posible. Dejas tu hogar, corres hacia el perro y lo sujetas con tus dos frías manos, suavemente, en la garganta. Cuando este comienza a gemir, por miedo, apartas los dedos de él, pero retoma a ladrar. Te pone de los nervios, así que continúas lo que estabas haciendo, esta vez aplicando un poco más de fuerza. Cada vez más, cada vez más, hasta que las pupilas del animal centellean y su aliento cesa y tu respiración baila agitada al ritmo de los pulsos de tu corazón, y es entonces, y solo entonces, cuando el silencio vuelve a las calles y la paz de tu morada puede recibirte finalmente. Entras a tu casa, al cuarto de baño, vacías tu vejiga, realizas otros quehaceres que solo en el baño pueden ser resueltos y vuelves a tu cuarto. Entonces duermes como si no hubieras dormido nunca.
Te despiertas ahogado en sudor, rodeado en lágrimas, manchado en odio. No puedes creer lo que hiciste la pasada noche, el peso de tu conciencia martillea tu mente y las náuseas aparecen cada vez que piensas en ello, y en lo que ocurrió después, en el baño. Pero pese a todo, parece que una fuerza en tu interior sobrepasa tu raciocinio y lucha por imponerse. Una fuerza que ridiculiza a la inteligencia. Sales de la cama y te diriges al baño, a lavarte la cara. Te diriges hacia la cocina, preparas tu desayuno y te lo llevas al salón principal donde, tirado en el sofá, lo degustas mientras ves la televisión. La mirada penetrante del asesino en serie que confiesa en el estrado te engatusa ligeramente. Una vez dice no arrepentirse de nada, dejas aparecer una árida sonrisa en tu rostro que inmediatamente eliminas extrañado. No dejas de preguntarte cómo te sentirías estando en su lugar y, antes de darte cuenta del desvarío de tus pensamientos, la puerta exclama en la entrada de la casa. Dudoso, te diriges a paso lento hacia la llamada, arrastrando lentamente los zapatos de andar por casa. "Perdone que le moleste, señor. ¿Me compraría unos dulces para el viaje de mi colegio?" Entiendes lo que está pasando, personas cercanas a ti hacen lo mismo. Incluso algún familiar tuyo. Sientes que debes invitarla a entrar, así que lo haces. Pese a que se muestra reacia al comienzo, consigues convencer a la joven infante para que entre y te enseñe su mercancía.
Se encuentra sentada muy formalmente en el salón, mientras tú la observas recostado a su lado. La mesa del centro rebosa golosinas plastificadas por todas partes. El tiempo pasa. El reloj cloquea de fondo. Le preguntas de nuevo, y esta te repite que las ventas tienen como objetivo un viaje a un frío país del norte. Está vendiendo dulces, de puerta en puerta, al igual que sus amigas, para así poder ir juntas al viaje de su colegio. Son las diez de la mañana y el sol entra, intenso, por las ventanas cerradas de la sala. Una fresca pero agradable brisa surca las calles, pero en la casa no queda más que aire viciado con olor a culpa y vergüenza. Te gusta esa chica de secundaria, te resulta una compañía muy agradable pese a su escasa conversación. Las pocas y graciosas pecas que cubren su cara, su negro y liso cabello, su pequeña pero desarrollada forma... Oh, cómo te gusta esa chica de secundaria. Sus cualidades te atraen, te llaman, te gritan. Te piden auxilio. Te martirizan. Esa virtuosa tez te reclama y te hace ver la impotencia de esta prohibida sensación que fluye. Le ofreces un vaso de agua, que la chica acepta con poco agrado, inundado en sedantes y somníferos de unos colores cristalinos.
Le ofreces el dinero a la cajera y sales hacia la calle con dos cargadas bolsas de supermercado. No estás lejos de casa, así que te decides por un paseo. En el camino, un gato ronronea mientras da vueltas por tu pierna derecha. Te impide andar bien,haciéndote tropezar continuamente, y su cola te pone de los nervios, así que le propinas una patada, arrojándolo lejos de ti y de la comida. Una anciana te reclama respeto, insultándote como le viene en gana, pero solo conoces la tranquilidad al saber que tu dinero ha sido bien invertido, y que tu comida no va a ser robada por ningún animal callejero. Le haces un gesto con el dedo y continúas hasta llegar a casa. Entras, con una sonrisa de oreja a oreja, con una felicidad desbordante y cálida, sabiendo que una preciosa colegiala espera por tu llegada. Se encuentra en el lugar más escondido que se te ha podido ocurrir. Llegas y dejas una de las dos bolsas que traías contigo, habiendo guardado la otra en la cocina, y le quitas a la chica la mordaza. Parece hambrienta, porque devora todo lo que le das como si de su último alimento se tratara. Durante algunos momentos, la propia joven gime pidiendo más, mientras tú, congelado, contemplas sus hipnotizantes ojos, de un verde tan vivo que compiten con los bosques más densos.
Una vez empachada decides regalarle un reconfortante baño. La desatas, le vuelves a colocar la mordaza y la llevas hacia el cuarto de baño, entrando con ella y echando desde dentro el pestillo de la puerta. Entonces tus propias pasiones desbordan por todos lados, las lágrimas de la chiquilla se transforman en un lúbrico placer que empapa por completo tu mente y que transmuta en excitación e inquietud, y no te contienes. Con la mayor delicadeza que haya existido jamás, agarras el final de su holgada y blanca camiseta y subes, con lentitud, hasta mostrarle a tu vista un blanco y bonito sujetador. Ya con algo más de esfuerzo terminas de elevar la ropa, dejándola a un lado del retrete. Lo demás te resulta algo más fácil: desabrochas el guardián de su pecho, exponiendo una belleza tal, que resultaría inútil describirla. A continuación la tumbas boca abajo en el frío suelo y, buscando su camisa del color del alma, aprisionas las delicadas manos tras su espalda y bajas la mirada. Un azul tan claro como su pureza divina colorea los ya algo estropeados vaqueros y, pese a su elegante estilo casual, opinas que el color carne se vería mejor en ella, de modo que continúas: arrastras tus dos manos hacia el comienzo de los pantalones y vas bajando, con toda la lentitud y calma posible, mientras él sube con la exposición de la fuerte carne. Con sus descoloridas zapatillas y calcetines descansando junto al retrete, sobre el azul pantalón, contemplas con dolor una ropa interior de un verde pistacho, sin estampados, que hacen juego con el color de sus ojos, que confirman el inteligente contorno de las nalgas que se dejan entrever bajo ella. Bajas el rostro en un acto de desesperación sin frenos y agarras, con los dientes, los bordes de su última prenda. Cierras tus llorosos ojos y bajas, a un ritmo normal, hasta que la ropa sale por las piernas y unos escasos pero adorables vellos se liberan. La levantas y, acobardado por perder un segundo la mirada, entras con ella a la ducha, dejándola a los veinte minutos absolutamente impoluta y brillante.
Una vez dejas que se seque y se vista sola, la vuelves a atar con una gruesa cuerda y secas sus lágrimas. La culpa te vuelve a consumir por completo.
No crees que lo que estás haciendo sea correcto. De hecho, te resulta hasta inhumano. La pena te embriaga y rompes a llorar al ritmo de la, en tu colocación actual, inaudible chica. Piensas en que lo mejor sería liberar a la joven, llamar a la policía y dejarte ser juzgado. El raciocinio reaparece en tu frágil mente y descubres las barbaridades que has estado cometiendo; piensas en la familia de la chica, que debe estar preocupada buscándola -aunque misteriosamente ningún protector de la ley ha aparecido aún por tu casa-, piensas en sus amigas, llorando angustiadas en el regazo de sus madres, y piensas en la propia joven, tan hermosa y vivaz como era, como sigue siendo. Sí, pese a todas sus penurias, sigue siendo tan bella como la primera vez que la viste. O tal vez más. Notas la locura volviendo a alzarse sobre ti. Tus sentidos más primarios, tus sentimientos, buscan apoderarse de nuevo de tu mente, de tu conciencia. Y entonces sucede: la puerta te reclama, como si siguiera tus pensamientos, para que acudas a recibir a la nueva visita. Sudoroso, con un espanto atroz, te acercas lentamente hacia la entrada mientras la llamada no deja de sonar, te preparas mentalmente para lo peor y tiras, muy poco a poco, de la puerta, hacia ti, para dar paso a una chica de aproximadamente tu misma edad, con los ojos oscuros, llorosos, preocupados. Nada más verte, y sin esperar saludo alguno más que tu notable sorpresa, entra y cierra la puerta con ligera nerviosidad. Es tu amor primigenio, aquel que sufriste en tus recordados años de juventud, aquel por el que soñaste tantas veces. Sin dejarte hablar, la invitada murmura: "Perdona que te interrumpa, pero me persiguen, y no sabía dónde esconderme. No te he olvidado, y ya que vivías tan cerca... Por cierto, me alegro de volver a verte". Tras acabar su pequeño discurso, la invitas a entrar, al salón, y sales en busca de unas bebidas. Dudas. Llevas tiempo sin saber nada de esa persona y, aunque un ligero aire de melancolía parece disipar tus miedos, atiendes a las mayores posibilidades: es probable que esa persona ya no quiera estar contigo. También es probable que esa persona esté con otro hombre. Incluso puede que esta invitada solo esté aquí para hacerte daño. Tus instintos disipan la duda y actúas consecuentemente, mientras la ves beber del vaso de agua que le has preparado, mientras la ves desmayarse y arremeter con estruendo contra el frío suelo del salón de tu casa.
Lo has hecho por ella, es lo que piensas y no dejas de repetirte. Por las dos. Era la única opción posible, es el mal menor. No, no tienes por qué seguir engañándote. Lo has hecho por la felicidad, porque así eres feliz, con tu primer y con tu último amor, junto a ellas, para siempre. El amor es eterno, y lo único que buscas en esta vida es ser feliz y vivir enamorado. Nadie puede desmentir esos puros sentimientos tuyos. Pero no dejas de pensar que estás equivocado, que esta locura desenfrenada acabará en una tragedia tan inmensa que nadie será capaz de repararla. Mucho menos tu delicada mente. Así que no puedes dejar de horrorizarte mientras lees estas líneas y compruebas tus propios límites, inimaginables, inabarcables, a la vez que pides más, avanzando con tu mirada, insaciable, incontrolable. Sí, tal es mi poder.
Que así sea pues, resuena en tu cerebro, mientras amarras con soltura y delicadeza a esa fémina de la que tan enamorado has estado sobre la cama del cuarto de tus padres. Sus finos brazos y blancas piernas forman una cruz desnuda sobre las mantas, y ella grita, chilla, llora bajo la improvisada mordaza que tiene en la boca. Sostienes la caja de herramientas junto al martillo y a la sierra manual y te colocas un único guante médico en la mano izquierda. Patalea. Agarras el pesado martillo, sujetas con firmeza su pié izquierdo, levantas la herramienta y la dejas caer, con toda la fuerza que la naturaleza te ha provisto en este momento, hacia su huesuda espinilla. Repites la operación con la otra pierna y, cuando las dos campanas resuenan en su esqueleto, dejas el cabezón martillo en el suelo y te subes sobre ella, mientras contemplas, lleno de orgullo, su rojo y líquido rostro, suplicante como tu amor, agónico como tu pena. Con tu mano derecha juegas con su cuerpo, bajándola cada vez más, hasta dejarla ahí. Entonces ves en su rostro cómo las facciones de tristeza se vuelven placenteras, y crees ver que te pide más, mientras grita tu nombre, lo susurra. Anhelas realizar acciones prohibidas, pero te contienes, puesto que un nuevo amor se ha apoderado de tu vida. Pero no te arrepientes de ello; el sino juega a tu favor, y la naturaleza de las acciones son omnipotentes y absolutas. Relames tus humedecidos dedos y alargas el brazo para coger la caja de herramientas. ¿Sabes?, siempre te ha llamado la atención la acupuntura, pero por diversos motivos nunca has podido practicarla en tu propio cuerpo. Sacas un sobre lleno de largos clavos y pequeños alfileres que esparces sobre el estómago de tu antigua querida. Colocas uno de ellos sobre su ombligo y, con un escueto martillo de carpintero, golpeas con fuerza, hasta que el clavo golpea la tela y viento, vómito y sangre salen disparados de los pálidos labios y un amarillo blancuzco se dispersa tranquilamente por los pies de la cama. Sin duda alguna en tu rostro, clavas las pequeñas agujas por los contornos de los senos del inquieto cuerpo y gritas y lloras mientras buscas con los ojos ciegos la sierra junto al martillo. Le pides perdón y la besas, te excusas y la abrazas mientras extiendes el brazo que sostiene la sierra manual y lo elevas sobre su elástico cuello. Bajas, sierras, de izquierda a derecha, con lentitud, con mucha lentitud, porque piensas que así no le harás daño. Tus manos se tiñen de un rojo negro, malvado, y su rostro comienza a perder color mientra su garganta se va abriendo cuando te arrepientes, le ofreces tu última disculpa y huyes de la habitación bajo tus propios sollozos, que son cubiertos por el gorgoteo del cuerpo de la muchacha.
Bajo la luz de la sangre pálida que emana todo tu cuerpo, y para calmar la horrible excitación que este te obliga por naturaleza, te deshaces de todas tus prendas y corres hacia el encuentro con tu verdadera amada. Con el rostro y la mano derecha de un color distinto al suyo, y con tu imponente miembro mostrando reluces de ese insano rojo oscuro, la chica grita y patalea bajo las riendas de su celda de mordaza y cuerdas, y tú corres hacia ella y, sin rudeza alguna, le inyectas un líquido con una aguja que la deja profundamente dormida y serena.
Tiene una cara angelical, más aún cuando está durmiendo, es lo que piensas mientras penetras con violencia en su divino tesoro, cuya estrechez y pureza llenan de sangre una de tus partes del cuerpo. Ligeras lágrimas comienzan a fluir por sus mejillas, enardecidas lágrimas comienzan a fluir por las tuyas. El mayor milagro que ha podido concebir la naturaleza fluye por el vientre de la pequeña y te concede, como tu más querido y apreciado deseo, el fruto de la vida. Al fin podrás aparcar la locura, al fin el desequilibrio se deshará de tu vida. Eres feliz. Tu futuro te sonríe y te bendice con la prosperidad para tu porvenir, regalándote el don de la familia. Al fin lo has conseguido: con tu esposa reposando y tu querida hija descansando en el antiguo cuarto de tus padres, ahora suyo, y una casa preciosa donde descansar de los calurosos veranos y los fríos inviernos que están por venir, al fin has alcanzado tu máximo objetivo, al fin has conseguido capturar la felicidad.
Pero ese maldito perro te lo impide. No puedes concentrarte, pero solo es un perro callejero, así que se te ocurre una solución. La única posible. Dejas tu hogar, corres hacia el perro y lo sujetas con tus dos frías manos, suavemente, en la garganta. Cuando este comienza a gemir, por miedo, apartas los dedos de él, pero retoma a ladrar. Te pone de los nervios, así que continúas lo que estabas haciendo, esta vez aplicando un poco más de fuerza. Cada vez más, cada vez más, hasta que las pupilas del animal centellean y su aliento cesa y tu respiración baila agitada al ritmo de los pulsos de tu corazón, y es entonces, y solo entonces, cuando el silencio vuelve a las calles y la paz de tu morada puede recibirte finalmente. Entras a tu casa, al cuarto de baño, vacías tu vejiga, realizas otros quehaceres que solo en el baño pueden ser resueltos y vuelves a tu cuarto. Entonces duermes como si no hubieras dormido nunca.
Te despiertas ahogado en sudor, rodeado en lágrimas, manchado en odio. No puedes creer lo que hiciste la pasada noche, el peso de tu conciencia martillea tu mente y las náuseas aparecen cada vez que piensas en ello, y en lo que ocurrió después, en el baño. Pero pese a todo, parece que una fuerza en tu interior sobrepasa tu raciocinio y lucha por imponerse. Una fuerza que ridiculiza a la inteligencia. Sales de la cama y te diriges al baño, a lavarte la cara. Te diriges hacia la cocina, preparas tu desayuno y te lo llevas al salón principal donde, tirado en el sofá, lo degustas mientras ves la televisión. La mirada penetrante del asesino en serie que confiesa en el estrado te engatusa ligeramente. Una vez dice no arrepentirse de nada, dejas aparecer una árida sonrisa en tu rostro que inmediatamente eliminas extrañado. No dejas de preguntarte cómo te sentirías estando en su lugar y, antes de darte cuenta del desvarío de tus pensamientos, la puerta exclama en la entrada de la casa. Dudoso, te diriges a paso lento hacia la llamada, arrastrando lentamente los zapatos de andar por casa. "Perdone que le moleste, señor. ¿Me compraría unos dulces para el viaje de mi colegio?" Entiendes lo que está pasando, personas cercanas a ti hacen lo mismo. Incluso algún familiar tuyo. Sientes que debes invitarla a entrar, así que lo haces. Pese a que se muestra reacia al comienzo, consigues convencer a la joven infante para que entre y te enseñe su mercancía.
Se encuentra sentada muy formalmente en el salón, mientras tú la observas recostado a su lado. La mesa del centro rebosa golosinas plastificadas por todas partes. El tiempo pasa. El reloj cloquea de fondo. Le preguntas de nuevo, y esta te repite que las ventas tienen como objetivo un viaje a un frío país del norte. Está vendiendo dulces, de puerta en puerta, al igual que sus amigas, para así poder ir juntas al viaje de su colegio. Son las diez de la mañana y el sol entra, intenso, por las ventanas cerradas de la sala. Una fresca pero agradable brisa surca las calles, pero en la casa no queda más que aire viciado con olor a culpa y vergüenza. Te gusta esa chica de secundaria, te resulta una compañía muy agradable pese a su escasa conversación. Las pocas y graciosas pecas que cubren su cara, su negro y liso cabello, su pequeña pero desarrollada forma... Oh, cómo te gusta esa chica de secundaria. Sus cualidades te atraen, te llaman, te gritan. Te piden auxilio. Te martirizan. Esa virtuosa tez te reclama y te hace ver la impotencia de esta prohibida sensación que fluye. Le ofreces un vaso de agua, que la chica acepta con poco agrado, inundado en sedantes y somníferos de unos colores cristalinos.
Le ofreces el dinero a la cajera y sales hacia la calle con dos cargadas bolsas de supermercado. No estás lejos de casa, así que te decides por un paseo. En el camino, un gato ronronea mientras da vueltas por tu pierna derecha. Te impide andar bien,haciéndote tropezar continuamente, y su cola te pone de los nervios, así que le propinas una patada, arrojándolo lejos de ti y de la comida. Una anciana te reclama respeto, insultándote como le viene en gana, pero solo conoces la tranquilidad al saber que tu dinero ha sido bien invertido, y que tu comida no va a ser robada por ningún animal callejero. Le haces un gesto con el dedo y continúas hasta llegar a casa. Entras, con una sonrisa de oreja a oreja, con una felicidad desbordante y cálida, sabiendo que una preciosa colegiala espera por tu llegada. Se encuentra en el lugar más escondido que se te ha podido ocurrir. Llegas y dejas una de las dos bolsas que traías contigo, habiendo guardado la otra en la cocina, y le quitas a la chica la mordaza. Parece hambrienta, porque devora todo lo que le das como si de su último alimento se tratara. Durante algunos momentos, la propia joven gime pidiendo más, mientras tú, congelado, contemplas sus hipnotizantes ojos, de un verde tan vivo que compiten con los bosques más densos.
Una vez empachada decides regalarle un reconfortante baño. La desatas, le vuelves a colocar la mordaza y la llevas hacia el cuarto de baño, entrando con ella y echando desde dentro el pestillo de la puerta. Entonces tus propias pasiones desbordan por todos lados, las lágrimas de la chiquilla se transforman en un lúbrico placer que empapa por completo tu mente y que transmuta en excitación e inquietud, y no te contienes. Con la mayor delicadeza que haya existido jamás, agarras el final de su holgada y blanca camiseta y subes, con lentitud, hasta mostrarle a tu vista un blanco y bonito sujetador. Ya con algo más de esfuerzo terminas de elevar la ropa, dejándola a un lado del retrete. Lo demás te resulta algo más fácil: desabrochas el guardián de su pecho, exponiendo una belleza tal, que resultaría inútil describirla. A continuación la tumbas boca abajo en el frío suelo y, buscando su camisa del color del alma, aprisionas las delicadas manos tras su espalda y bajas la mirada. Un azul tan claro como su pureza divina colorea los ya algo estropeados vaqueros y, pese a su elegante estilo casual, opinas que el color carne se vería mejor en ella, de modo que continúas: arrastras tus dos manos hacia el comienzo de los pantalones y vas bajando, con toda la lentitud y calma posible, mientras él sube con la exposición de la fuerte carne. Con sus descoloridas zapatillas y calcetines descansando junto al retrete, sobre el azul pantalón, contemplas con dolor una ropa interior de un verde pistacho, sin estampados, que hacen juego con el color de sus ojos, que confirman el inteligente contorno de las nalgas que se dejan entrever bajo ella. Bajas el rostro en un acto de desesperación sin frenos y agarras, con los dientes, los bordes de su última prenda. Cierras tus llorosos ojos y bajas, a un ritmo normal, hasta que la ropa sale por las piernas y unos escasos pero adorables vellos se liberan. La levantas y, acobardado por perder un segundo la mirada, entras con ella a la ducha, dejándola a los veinte minutos absolutamente impoluta y brillante.
Una vez dejas que se seque y se vista sola, la vuelves a atar con una gruesa cuerda y secas sus lágrimas. La culpa te vuelve a consumir por completo.
No crees que lo que estás haciendo sea correcto. De hecho, te resulta hasta inhumano. La pena te embriaga y rompes a llorar al ritmo de la, en tu colocación actual, inaudible chica. Piensas en que lo mejor sería liberar a la joven, llamar a la policía y dejarte ser juzgado. El raciocinio reaparece en tu frágil mente y descubres las barbaridades que has estado cometiendo; piensas en la familia de la chica, que debe estar preocupada buscándola -aunque misteriosamente ningún protector de la ley ha aparecido aún por tu casa-, piensas en sus amigas, llorando angustiadas en el regazo de sus madres, y piensas en la propia joven, tan hermosa y vivaz como era, como sigue siendo. Sí, pese a todas sus penurias, sigue siendo tan bella como la primera vez que la viste. O tal vez más. Notas la locura volviendo a alzarse sobre ti. Tus sentidos más primarios, tus sentimientos, buscan apoderarse de nuevo de tu mente, de tu conciencia. Y entonces sucede: la puerta te reclama, como si siguiera tus pensamientos, para que acudas a recibir a la nueva visita. Sudoroso, con un espanto atroz, te acercas lentamente hacia la entrada mientras la llamada no deja de sonar, te preparas mentalmente para lo peor y tiras, muy poco a poco, de la puerta, hacia ti, para dar paso a una chica de aproximadamente tu misma edad, con los ojos oscuros, llorosos, preocupados. Nada más verte, y sin esperar saludo alguno más que tu notable sorpresa, entra y cierra la puerta con ligera nerviosidad. Es tu amor primigenio, aquel que sufriste en tus recordados años de juventud, aquel por el que soñaste tantas veces. Sin dejarte hablar, la invitada murmura: "Perdona que te interrumpa, pero me persiguen, y no sabía dónde esconderme. No te he olvidado, y ya que vivías tan cerca... Por cierto, me alegro de volver a verte". Tras acabar su pequeño discurso, la invitas a entrar, al salón, y sales en busca de unas bebidas. Dudas. Llevas tiempo sin saber nada de esa persona y, aunque un ligero aire de melancolía parece disipar tus miedos, atiendes a las mayores posibilidades: es probable que esa persona ya no quiera estar contigo. También es probable que esa persona esté con otro hombre. Incluso puede que esta invitada solo esté aquí para hacerte daño. Tus instintos disipan la duda y actúas consecuentemente, mientras la ves beber del vaso de agua que le has preparado, mientras la ves desmayarse y arremeter con estruendo contra el frío suelo del salón de tu casa.
Lo has hecho por ella, es lo que piensas y no dejas de repetirte. Por las dos. Era la única opción posible, es el mal menor. No, no tienes por qué seguir engañándote. Lo has hecho por la felicidad, porque así eres feliz, con tu primer y con tu último amor, junto a ellas, para siempre. El amor es eterno, y lo único que buscas en esta vida es ser feliz y vivir enamorado. Nadie puede desmentir esos puros sentimientos tuyos. Pero no dejas de pensar que estás equivocado, que esta locura desenfrenada acabará en una tragedia tan inmensa que nadie será capaz de repararla. Mucho menos tu delicada mente. Así que no puedes dejar de horrorizarte mientras lees estas líneas y compruebas tus propios límites, inimaginables, inabarcables, a la vez que pides más, avanzando con tu mirada, insaciable, incontrolable. Sí, tal es mi poder.
Que así sea pues, resuena en tu cerebro, mientras amarras con soltura y delicadeza a esa fémina de la que tan enamorado has estado sobre la cama del cuarto de tus padres. Sus finos brazos y blancas piernas forman una cruz desnuda sobre las mantas, y ella grita, chilla, llora bajo la improvisada mordaza que tiene en la boca. Sostienes la caja de herramientas junto al martillo y a la sierra manual y te colocas un único guante médico en la mano izquierda. Patalea. Agarras el pesado martillo, sujetas con firmeza su pié izquierdo, levantas la herramienta y la dejas caer, con toda la fuerza que la naturaleza te ha provisto en este momento, hacia su huesuda espinilla. Repites la operación con la otra pierna y, cuando las dos campanas resuenan en su esqueleto, dejas el cabezón martillo en el suelo y te subes sobre ella, mientras contemplas, lleno de orgullo, su rojo y líquido rostro, suplicante como tu amor, agónico como tu pena. Con tu mano derecha juegas con su cuerpo, bajándola cada vez más, hasta dejarla ahí. Entonces ves en su rostro cómo las facciones de tristeza se vuelven placenteras, y crees ver que te pide más, mientras grita tu nombre, lo susurra. Anhelas realizar acciones prohibidas, pero te contienes, puesto que un nuevo amor se ha apoderado de tu vida. Pero no te arrepientes de ello; el sino juega a tu favor, y la naturaleza de las acciones son omnipotentes y absolutas. Relames tus humedecidos dedos y alargas el brazo para coger la caja de herramientas. ¿Sabes?, siempre te ha llamado la atención la acupuntura, pero por diversos motivos nunca has podido practicarla en tu propio cuerpo. Sacas un sobre lleno de largos clavos y pequeños alfileres que esparces sobre el estómago de tu antigua querida. Colocas uno de ellos sobre su ombligo y, con un escueto martillo de carpintero, golpeas con fuerza, hasta que el clavo golpea la tela y viento, vómito y sangre salen disparados de los pálidos labios y un amarillo blancuzco se dispersa tranquilamente por los pies de la cama. Sin duda alguna en tu rostro, clavas las pequeñas agujas por los contornos de los senos del inquieto cuerpo y gritas y lloras mientras buscas con los ojos ciegos la sierra junto al martillo. Le pides perdón y la besas, te excusas y la abrazas mientras extiendes el brazo que sostiene la sierra manual y lo elevas sobre su elástico cuello. Bajas, sierras, de izquierda a derecha, con lentitud, con mucha lentitud, porque piensas que así no le harás daño. Tus manos se tiñen de un rojo negro, malvado, y su rostro comienza a perder color mientra su garganta se va abriendo cuando te arrepientes, le ofreces tu última disculpa y huyes de la habitación bajo tus propios sollozos, que son cubiertos por el gorgoteo del cuerpo de la muchacha.
Bajo la luz de la sangre pálida que emana todo tu cuerpo, y para calmar la horrible excitación que este te obliga por naturaleza, te deshaces de todas tus prendas y corres hacia el encuentro con tu verdadera amada. Con el rostro y la mano derecha de un color distinto al suyo, y con tu imponente miembro mostrando reluces de ese insano rojo oscuro, la chica grita y patalea bajo las riendas de su celda de mordaza y cuerdas, y tú corres hacia ella y, sin rudeza alguna, le inyectas un líquido con una aguja que la deja profundamente dormida y serena.
Tiene una cara angelical, más aún cuando está durmiendo, es lo que piensas mientras penetras con violencia en su divino tesoro, cuya estrechez y pureza llenan de sangre una de tus partes del cuerpo. Ligeras lágrimas comienzan a fluir por sus mejillas, enardecidas lágrimas comienzan a fluir por las tuyas. El mayor milagro que ha podido concebir la naturaleza fluye por el vientre de la pequeña y te concede, como tu más querido y apreciado deseo, el fruto de la vida. Al fin podrás aparcar la locura, al fin el desequilibrio se deshará de tu vida. Eres feliz. Tu futuro te sonríe y te bendice con la prosperidad para tu porvenir, regalándote el don de la familia. Al fin lo has conseguido: con tu esposa reposando y tu querida hija descansando en el antiguo cuarto de tus padres, ahora suyo, y una casa preciosa donde descansar de los calurosos veranos y los fríos inviernos que están por venir, al fin has alcanzado tu máximo objetivo, al fin has conseguido capturar la felicidad.
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