miércoles, 1 de junio de 2011

El ello: sadiana perversidad

Te están llamando. Una pálida luz roba toda tu visión, obligándote a mantener cerrados los ojos. "No te preocupes, la vista la tienes intacta. Es solo la luz del sol". Poco a poco abres los párpados y hallas ante ti a un doctor y un séquito de personas en torno suya. Solo puedes mirarlo confundido. La camilla te resulta tan dura como una piedra. Estás en un hospital. "Probablemente no recuerdes nada. Bien, he aquí la explicación: ibas en tu coche, conduciendo por una larga carretera, cuando un enorme camión se te echó encima y, antes de que pudieras responder siquiera, perdiste el conocimiento y, por lo que parece, la memoria". No entiendes lo que te está contando el doctor, pero continúas escuchando. "Creo que no ha sido tan grave como para olvidar tu nombre o la dirección de tu casa, pero sí pueden verse alterados distintos aspectos de tu persona. Igualmente, llevas varias semanas hospitalizado y tu reposo ha cumplido con éxito. Si no ves mayor inconveniente, estaré dispuesto a darte el alta en cuanto te levantes". Haces lo que el doctor te dice mientras asimilas lo que acabas de escuchar. Una vez fuera, en la calle, pides un taxi y marchas a tu casa. Recuerdas dónde vivías, así que le das tu dirección al taxista sin mayor problema. Una vez dentro, en ese lugar que tan bien conoces, recuerdas que te ibas a encontrar solo hasta finales de año. Sueltas las llaves en la entrada y dispones hacia tu cuarto, a leer un rato y a pasar la noche.
Pero ese maldito perro te lo impide. No puedes concentrarte, pero solo es un perro callejero, así que se te ocurre una solución. La única posible. Dejas tu hogar, corres hacia el perro y lo sujetas con tus dos frías manos, suavemente, en la garganta. Cuando este comienza a gemir, por miedo, apartas los dedos de él, pero retoma a ladrar. Te pone de los nervios, así que continúas lo que estabas haciendo, esta vez aplicando un poco más de fuerza. Cada vez más, cada vez más, hasta que las pupilas del animal centellean y su aliento cesa y tu respiración baila agitada al ritmo de los pulsos de tu corazón, y es entonces, y solo entonces, cuando el silencio vuelve a las calles y la paz de tu morada puede recibirte finalmente. Entras a tu casa, al cuarto de baño, vacías tu vejiga, realizas otros quehaceres que solo en el baño pueden ser resueltos y vuelves a tu cuarto. Entonces duermes como si no hubieras dormido nunca.

Te despiertas ahogado en sudor, rodeado en lágrimas, manchado en odio. No puedes creer lo que hiciste la pasada noche, el peso de tu conciencia martillea tu mente y las náuseas aparecen cada vez que piensas en ello, y en lo que ocurrió después, en el baño. Pero pese a todo, parece que una fuerza en tu interior sobrepasa tu raciocinio y lucha por imponerse. Una fuerza que ridiculiza a la inteligencia. Sales de la cama y te diriges al baño, a lavarte la cara. Te diriges hacia la cocina, preparas tu desayuno y te lo llevas al salón principal donde, tirado en el sofá, lo degustas mientras ves la televisión. La mirada penetrante del asesino en serie que confiesa en el estrado te engatusa ligeramente. Una vez dice no arrepentirse de nada, dejas aparecer una árida sonrisa en tu rostro que inmediatamente eliminas extrañado. No dejas de preguntarte cómo te sentirías estando en su lugar y, antes de darte cuenta del desvarío de tus pensamientos, la puerta exclama en la entrada de la casa. Dudoso, te diriges a paso lento hacia la llamada, arrastrando lentamente los zapatos de andar por casa. "Perdone que le moleste, señor. ¿Me compraría unos dulces para el viaje de mi colegio?" Entiendes lo que está pasando, personas cercanas a ti hacen lo mismo. Incluso algún familiar tuyo. Sientes que debes invitarla a entrar, así que lo haces. Pese a que se muestra reacia al comienzo, consigues convencer a la joven infante para que entre y te enseñe su mercancía.
Se encuentra sentada muy formalmente en el salón, mientras tú la observas recostado a su lado. La mesa del centro rebosa golosinas plastificadas por todas partes. El tiempo pasa. El reloj cloquea de fondo. Le preguntas de nuevo, y esta te repite que las ventas tienen como objetivo un viaje a un frío país del norte. Está vendiendo dulces, de puerta en puerta, al igual que sus amigas, para así poder ir juntas al viaje de su colegio. Son las diez de la mañana y el sol entra, intenso, por las ventanas cerradas de la sala. Una fresca pero agradable brisa surca las calles, pero en la casa no queda más que aire viciado con olor a culpa y vergüenza. Te gusta esa chica de secundaria, te resulta una compañía muy agradable pese a su escasa conversación. Las pocas y graciosas pecas que cubren su cara, su negro y liso cabello, su pequeña pero desarrollada forma... Oh, cómo te gusta esa chica de secundaria. Sus cualidades te atraen, te llaman, te gritan. Te piden auxilio. Te martirizan. Esa virtuosa tez te reclama y te hace ver la impotencia de esta prohibida sensación que fluye. Le ofreces un vaso de agua, que la chica acepta con poco agrado, inundado en sedantes y somníferos de unos colores cristalinos.

Le ofreces el dinero a la cajera y sales hacia la calle con dos cargadas bolsas de supermercado. No estás lejos de casa, así que te decides por un paseo. En el camino, un gato ronronea mientras da vueltas por tu pierna derecha. Te impide andar bien,haciéndote tropezar continuamente, y su cola te pone de los nervios, así que le propinas una patada, arrojándolo lejos de ti y de la comida. Una anciana te reclama respeto, insultándote como le viene en gana, pero solo conoces la tranquilidad al saber que tu dinero ha sido bien invertido, y que tu comida no va a ser robada por ningún animal callejero. Le haces un gesto con el dedo y continúas hasta llegar a casa. Entras, con una sonrisa de oreja a oreja, con una felicidad desbordante y cálida, sabiendo que una preciosa colegiala espera por tu llegada. Se encuentra en el lugar más escondido que se te ha podido ocurrir. Llegas y dejas una de las dos bolsas que traías contigo, habiendo guardado la otra en la cocina, y le quitas a la chica la mordaza. Parece hambrienta, porque devora todo lo que le das como si de su último alimento se tratara. Durante algunos momentos, la propia joven gime pidiendo más, mientras tú, congelado, contemplas sus hipnotizantes ojos, de un verde tan vivo que compiten con los bosques más densos.
Una vez empachada decides regalarle un reconfortante baño. La desatas, le vuelves a colocar la mordaza y la llevas hacia el cuarto de baño, entrando con ella y echando desde dentro el pestillo de la puerta. Entonces tus propias pasiones desbordan por todos lados, las lágrimas de la chiquilla se transforman en un lúbrico placer que empapa por completo tu mente y que transmuta en excitación e inquietud, y no te contienes. Con la mayor delicadeza que haya existido jamás, agarras el final de su holgada y blanca camiseta y subes, con lentitud, hasta mostrarle a tu vista un blanco y bonito sujetador. Ya con algo más de esfuerzo terminas de elevar la ropa, dejándola a un lado del retrete. Lo demás te resulta algo más fácil: desabrochas el guardián de su pecho, exponiendo una belleza tal, que resultaría inútil describirla. A continuación la tumbas boca abajo en el frío suelo y, buscando su camisa del color del alma, aprisionas las delicadas manos tras su espalda y bajas la mirada. Un azul tan claro como su pureza divina colorea los ya algo estropeados vaqueros y, pese a su elegante estilo casual, opinas que el color carne se vería mejor en ella, de modo que continúas: arrastras tus dos manos hacia el comienzo de los pantalones y vas bajando, con toda la lentitud y calma posible, mientras él sube con la exposición de la fuerte carne. Con sus descoloridas zapatillas y calcetines descansando junto al retrete, sobre el azul pantalón, contemplas con dolor una ropa interior de un verde pistacho, sin estampados, que hacen juego con el color de sus ojos, que confirman el inteligente contorno de las nalgas que se dejan entrever bajo ella. Bajas el rostro en un acto de desesperación sin frenos y agarras, con los dientes, los bordes de su última prenda. Cierras tus llorosos ojos y bajas, a un ritmo normal, hasta que la ropa sale por las piernas y unos escasos pero adorables vellos se liberan. La levantas y, acobardado por perder un segundo la mirada, entras con ella a la ducha, dejándola a los veinte minutos absolutamente impoluta y brillante.
Una vez dejas que se seque y se vista sola, la vuelves a atar con una gruesa cuerda y secas sus lágrimas. La culpa te vuelve a consumir por completo.

No crees que lo que estás haciendo sea correcto. De hecho, te resulta hasta inhumano. La pena te embriaga y rompes a llorar al ritmo de la, en tu colocación actual, inaudible chica. Piensas en que lo mejor sería liberar a la joven, llamar a la policía y dejarte ser juzgado. El raciocinio reaparece en tu frágil mente y descubres las barbaridades que has estado cometiendo; piensas en la familia de la chica, que debe estar preocupada buscándola -aunque misteriosamente ningún protector de la ley ha aparecido aún por tu casa-, piensas en sus amigas, llorando angustiadas en el regazo de sus madres, y piensas en la propia joven, tan hermosa y vivaz como era, como sigue siendo. Sí, pese a todas sus penurias, sigue siendo tan bella como la primera vez que la viste. O tal vez más. Notas la locura volviendo a alzarse sobre ti. Tus sentidos más primarios, tus sentimientos, buscan apoderarse de nuevo de tu mente, de tu conciencia. Y entonces sucede: la puerta te reclama, como si siguiera tus pensamientos, para que acudas a recibir a la nueva visita. Sudoroso, con un espanto atroz, te acercas lentamente hacia la entrada mientras la llamada no deja de sonar, te preparas mentalmente para lo peor y tiras, muy poco a poco, de la puerta, hacia ti, para dar paso a una chica de aproximadamente tu misma edad, con los ojos oscuros, llorosos, preocupados. Nada más verte, y sin esperar saludo alguno más que tu notable sorpresa, entra y cierra la puerta con ligera nerviosidad. Es tu amor primigenio, aquel que sufriste en tus recordados años de juventud, aquel por el que soñaste tantas veces. Sin dejarte hablar, la invitada murmura: "Perdona que te interrumpa, pero me persiguen, y no sabía dónde esconderme. No te he olvidado, y ya que vivías tan cerca... Por cierto, me alegro de volver a verte". Tras acabar su pequeño discurso, la invitas a entrar, al salón, y sales en busca de unas bebidas. Dudas. Llevas tiempo sin saber nada de esa persona y, aunque un ligero aire de melancolía parece disipar tus miedos, atiendes a las mayores posibilidades: es probable que esa persona ya no quiera estar contigo. También es probable que esa persona esté con otro hombre. Incluso puede que esta invitada solo esté aquí para hacerte daño. Tus instintos disipan la duda y actúas consecuentemente, mientras la ves beber del vaso de agua que le has preparado, mientras la ves desmayarse y arremeter con estruendo contra el frío suelo del salón de tu casa.
Lo has hecho por ella, es lo que piensas y no dejas de repetirte. Por las dos. Era la única opción posible, es el mal menor. No, no tienes por qué seguir engañándote. Lo has hecho por la felicidad, porque así eres feliz, con tu primer y con tu último amor, junto a ellas, para siempre. El amor es eterno, y lo único que buscas en esta vida es ser feliz y vivir enamorado. Nadie puede desmentir esos puros sentimientos tuyos. Pero no dejas de pensar que estás equivocado, que esta locura desenfrenada acabará en una tragedia tan inmensa que nadie será capaz de repararla. Mucho menos tu delicada mente. Así que no puedes dejar de horrorizarte mientras lees estas líneas y compruebas tus propios límites, inimaginables, inabarcables, a la vez que pides más, avanzando con tu mirada, insaciable, incontrolable. Sí, tal es mi poder.
Que así sea pues, resuena en tu cerebro, mientras amarras con soltura y delicadeza a esa fémina de la que tan enamorado has estado sobre la cama del cuarto de tus padres. Sus finos brazos y blancas piernas forman una cruz desnuda sobre las mantas, y ella grita, chilla, llora bajo la improvisada mordaza que tiene en la boca. Sostienes la caja de herramientas junto al martillo y a la sierra manual y te colocas un único guante médico en la mano izquierda. Patalea. Agarras el pesado martillo, sujetas con firmeza su pié izquierdo, levantas la herramienta y la dejas caer, con toda la fuerza que la naturaleza te ha provisto en este momento, hacia su huesuda espinilla. Repites la operación con la otra pierna y, cuando las dos campanas resuenan en su esqueleto, dejas el cabezón martillo en el suelo y te subes sobre ella, mientras contemplas, lleno de orgullo, su rojo y líquido rostro, suplicante como tu amor, agónico como tu pena. Con tu mano derecha juegas con su cuerpo, bajándola cada vez más, hasta dejarla ahí. Entonces ves en su rostro cómo las facciones de tristeza se vuelven placenteras, y crees ver que te pide más, mientras grita tu nombre, lo susurra. Anhelas realizar acciones prohibidas, pero te contienes, puesto que un nuevo amor se ha apoderado de tu vida. Pero no te arrepientes de ello; el sino juega a tu favor, y la naturaleza de las acciones son omnipotentes y absolutas. Relames tus humedecidos dedos y alargas el brazo para coger la caja de herramientas. ¿Sabes?, siempre te ha llamado la atención la acupuntura, pero por diversos motivos nunca has podido practicarla en tu propio cuerpo. Sacas un sobre lleno de largos clavos y pequeños alfileres que esparces sobre el estómago de tu antigua querida. Colocas uno de ellos sobre su ombligo y, con un escueto martillo de carpintero, golpeas con fuerza, hasta que el clavo golpea la tela y viento, vómito y sangre salen disparados de los pálidos labios y un amarillo blancuzco se dispersa tranquilamente por los pies de la cama. Sin duda alguna en tu rostro, clavas las pequeñas agujas por los contornos de los senos del inquieto cuerpo y gritas y lloras mientras buscas con los ojos ciegos la sierra junto al martillo. Le pides perdón y la besas, te excusas y la abrazas mientras extiendes el brazo que sostiene la sierra manual y lo elevas sobre su elástico cuello. Bajas, sierras, de izquierda a derecha, con lentitud, con mucha lentitud, porque piensas que así no le harás daño. Tus manos se tiñen de un rojo negro, malvado, y su rostro comienza a perder color mientra su garganta se va abriendo cuando te arrepientes, le ofreces tu última disculpa y huyes de la habitación bajo tus propios sollozos, que son cubiertos por el gorgoteo del cuerpo de la muchacha.
Bajo la luz de la sangre pálida que emana todo tu cuerpo, y para calmar la horrible excitación que este te obliga por naturaleza, te deshaces de todas tus prendas y corres hacia el encuentro con tu verdadera amada. Con el rostro y la mano derecha de un color distinto al suyo, y con tu imponente miembro mostrando reluces de ese insano rojo oscuro, la chica grita y patalea bajo las riendas de su celda de mordaza y cuerdas, y tú corres hacia ella y, sin rudeza alguna, le inyectas un líquido con una aguja que la deja profundamente dormida y serena.
Tiene una cara angelical, más aún cuando está durmiendo, es lo que piensas mientras penetras con violencia en su divino tesoro, cuya estrechez y pureza llenan de sangre una de tus partes del cuerpo. Ligeras lágrimas comienzan a fluir por sus mejillas, enardecidas lágrimas comienzan a fluir por las tuyas. El mayor milagro que ha podido concebir la naturaleza fluye por el vientre de la pequeña y te concede, como tu más querido y apreciado deseo, el fruto de la vida. Al fin podrás aparcar la locura, al fin el desequilibrio se deshará de tu vida. Eres feliz. Tu futuro te sonríe y te bendice con la prosperidad para tu porvenir, regalándote el don de la familia. Al fin lo has conseguido: con tu esposa reposando y tu querida hija descansando en el antiguo cuarto de tus padres, ahora suyo, y una casa preciosa donde descansar de los calurosos veranos y los fríos inviernos que están por venir, al fin has alcanzado tu máximo objetivo, al fin has conseguido capturar la felicidad.

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