Hace tiempo, alguien me dijo que se necesita un mínimo de dos personas para crear un universo. Tenía razón. Esta es la historia de esa persona y mía, historia que ha sobrepasado el mero concepto de relato y que me ha ayudado a conformar mi verdadero yo. Querido lector, póngase cómodo y déjese llevar por este turbulento remolino que una vez me arrolló y me meció hacia su perturbada locura.
Se trataba de una fría noche de verano. Encontrabame volviendo a casa por el serpenteante camino de la colina tras un pequeño paseo, pero ¡ah, cuan bello era el sol que se escondía tras las montañas, que por su causa llegaba a tales horas a mi solitaria morada! Los alegres conejillos que correteaban por el lugar daban paso al canto de las cigarras, que me engullían junto a la oscuridad de la luna.
Dos pequeñas ventanas me saludaban dándome de nuevo la bienvenida.
Vivía solo, debo aclarar, en una pequeña casa a la orilla de un río, y un poblado bosque me separaba, para mi beneficio, de la población más cercana, que se encontraba a más de veinte tiros de piedra por un sinuoso y estrecho camino. Pero ese día, el cual recuerdo con la mayor claridad que pueda ser posible para un hombre, pobre de mí, un tormentoso destino me sería mostrado, el cual turbaría mi futuro por los siglos de los siglos.
Bella Claire con tu plateada melena y esa sonrisa perfecta, ¿por qué tuviste que venir a verme? ¿dónde está aquel al que llamas sino, que te ha traído a mis rotos brazos y te ha obligado a dirigir tu prohibida mirada hacia estos blasfemos ojos? Cuando te contemplé, parada frente a la puerta mientras buscabas refugio como si fueras un cachorro perdido, en ese momento acabaste con mi existencia, la eliminaste y moldeaste nuevamente, y no hay hora, querida Claire, en la que me haya podido arrepentir de tal dulce tormento.
"¿Puede ayudarme?", dijo nada más cruzar mi mirada. "He huido de las profundidades de ese pueblo en busca de un nuevo lugar en el que reposar mi alma. Vagaba por el bosque con el propósito de encontrar nula huella humana cuando he dado con esta pequeña morada suya, y tal ha sido la curiosidad con la que me he topado que no he visto otra solución mas que esperar la llegada de su humilde sirviente." Y dicho esto, la joven, bellísima como era, recogiose la falda en la que acababa su traje blanco y, con el gesto más cuidado que haya visto nunca, realizó una pequeña reverencia, impidiendo toda negación que pudiera vislumbrarse en mi sorprendido rostro. Una vez dentro y sentados en una pequeña mesa con nuestras respectivas tazas de té, la chica de pelo plateado me dijo su nombre, me contó de nuevo los motivos que la habían llevado a tales circunstancias y me pidió, casi con lágrimas en los ojos, que la permitiera quedarse hasta nuevo aviso, para así poder dar descanso a su agotada alma pero sin por ello perder todo el contacto con la sociedad humana. Acepté encantado sin meditarlo apenas, puesto que la chica parecía hallarse en mis mismas circunstancias. De su pasado, en cambio, no quiso soltar ni una sola palabra, tal vez por su curiosa intención de olvidar todo hasta ese dichoso momento en que encontró mi casa.
Me levanté de madrugada para tener el placer de servir el desayuno con antelación cuando la vi, tan preciosa ella, sentada en el suelo de madera con la puerta abierta acariciando a un pequeño conejo del color del hielo. Un delicioso aroma a café y galletas recién horneadas subía desde la cocina hasta mis fosas nasales, y no me quedó otra que avergonzarme por mi tardanza y bajar la cabeza. "Buenos días, amigo mío. Espero que no le moleste la libertad que me he tomado para preparar el desayuno. Si me disculpa, lavaré mis manos y me sentaré para que podamos comerlo en compañía del otro".
Fue entonces, lector mío, y no antes, cuando caí rendido en los brazos de esa joven princesa de blanco. Fue entonces cuando Afrodita me tocó con su rayo y cuando pude vislumbrar, por vez primera, la belleza escondida tras su propio nombre. Tomamos el desayuno mientras los pájaros cantaban nuestro nombre y el viento aullaba de alegría, mientras la campanilla con olor a rosas y voz de humano me revelaba su secreto más bien guardado, mientras descubría que esa bruja que repartía amor y paz por donde pasaba tenía más relación con la realidad misma que con los cuentos de hadas.
En efecto, es tal y como digo, tal y como suenan mis palabras: Claire tenía el poder de conceder deseos siempre que fueran puros y gentiles, y me ofreció uno como recompensa por haberla hospedado. Me preguntó por mi mayor ilusión, por lo que más quería, y yo, sin dudarlo ni un segundo, se lo dije: "Claire, yo te quiero a ti, yo a ti te amo. Eres tú mi mayor deseo, y también mi única esperanza. Claire, bella princesa de color escarlata, esto es lo que deseo: quiero que seas mía para toda la eternidad".
Anunciados mis pensamientos, con un leve suspiro y sin una sola palabra, mi mayor deseo levantó su cuerpo, atravesó la puerta en la que el blanco conejo reposaba, y marchose hacia el soleado bosque, no volviendo, nunca más, hacia esta mi humilde morada.
Esa misma noche ella se me apareció en sueños. Sus palabras, claras y carentes de emoción, helaron mis sentidos y turbaron mis pensamientos hasta límites tales, que la consciencia misma no era consciencia sino sustancia, una sustancia sólida incapaz de abarcar las verdades con las que me hablaba.
"Humano, heme aquí como en tu interior deseabas. Pastora de mi religión, concibo el amor y la paz por el mundo, y es por ello que el mencionado mundo me rechaza. Busco personas fuertes de espíritu y puras de alma y las pongo a prueba. Con meras palabras no vas a contentarme; abraza tu imaginación y sonríe, puesto que en este terrenal purgatorio disfrazado de paraíso no vas a encontrar de nuevo la paz y no vas a ser de nuevo feliz. Eres consciente del profundo mar en el que desemboca el río que fluye tras tu morada; ese es el final de tu fantasía, por si no encuentras solución mejor a tus pesares. Al final de la fantasía el amor es verdaderamente visible. Olvidarás las odiosas y limitadas preferencias humanas para así dar paso a la tarea de amar, y es ahí donde verás consolado tu mayor deseo".
Tras pronunciar su última palabra, el sueño terminó y el sudor y el miedo lo reemplazaron como sus amigos más fieles. Aún en pijama y descalzo bajé corriendo las escaleras y, sin pensar, salí en dirección hacia el peligroso río. Una vez ante el agua, los pensamientos sustituyeron por un levísimo momento a los sentimientos y recapacité: es verdad, mi amada Claire, cuyo nombre halaga a la belleza, de rostro frágil y virginal, más puro y blanco que el alma misma, tan única e inigualable como ninguna otra. Es verdad, en este mundo lleno de odio y tristeza, la magia puede volverse la llave que abra la puerta a un lugar lleno de amor y de felicidad.
Segundos después me lancé al oscuro río, perdiéndome entre su helado y placentero abrazo.
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