Estoy enamorado. Indescriptible descripción de valor vivo y no humano
la que me azota todas las noches. Estoy enamorado del cielo, de la
tierra, de las personas y del arte y del propio amor. Un amor solitario
el de mis anhelos, incompartido, imposible de compartir. Sí, estoy
enamorado de mi deseo de amar, de mi voluntad férrea e innecesitada, de
los cantos de la naturaleza que resuenan al exterior de la fría piedra
incolora y del olor puro de la blanca nada. Inenarrable sensación de
sopor fútil y de cálido vacío que inunda la existencia y da valor al
valor y sentido al sentido, que me indica con suave delicadeza que
continúe escribiendo este baile sobre el amor que no tiene ningún
sentido.
Y pienso. Desde la suave tela hasta el frío mármol sigo narrando, y
estos viajes sin recorrido me acompañan por la oscura visión de los
sentidos y se transforman en algo nuevo, en lo real y en lo querido. Y
estos objetos sin sentido físico engatusan y alegran y no roban ni
asesinan, y señalan y dirigen sobre el camino del albedrío, enseñando a
amar y a elegir lo bueno sobre lo otro bueno. Tal se llama la voluntad
misma, sinónimo de capricho y de loco idiota sin ningún destino.
E imagino. Porque la nada es nada y el polvo es polvo, pero la voluntad
nos dice que eso no es todo, que sigamos buscando nuestro sentido. Así
que seguimos, buscamos allá donde la tierra ofrece, donde el sol
deslumbra y donde el viento aúlla, y allá encontramos la existencia que
nos embriaga del vacío sino, porque la voluntad quiere lo que poseemos
en vida, lo que ayuda sin auxilio y lo que guía sin ayuda.
Y nos quedamos solos e indefensos ante la abrumadora verdad de nuestras almas.
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