Truena a mares. Mil gotas golpean contra la oscura ventana de la siniestra habitación muda. En esta noche me encuentro sola, con el rugir de mis suspiros como único compañero. Las luces de la mansión entera han cesado a causa de la tormenta y la única entrada convencional al lugar en el que me encuentro se halla cerrada bajo una fuerte cadena de acero. La cerradura se encuentra fuera de esta prisión, impidiéndome escapar por mucho que lo busque. Al intentar abrir la puerta, un ligero espacio me permite vislumbrar el exterior de la siniestra sala: un estrecho e infinito pasillo oscuro aguarda, pero no puedo ver nada más, la fuerte cadena de acero no me lo permite. Tras forcejear durante, según intuyo, varias horas, ceso; y con lágrimas en el rostro doy media vuelta y busco a ciegas otra posible vía de escape. La enorme ventana está rodeada por cientos de cadenas que se unen entre sí para impedir cualquier intento de salida, y desde los pocos huecos que no muestran acero se vislumbra el exterior: oscuridad, lluvia y centenares de tenebrosos árboles que poco agradan a la vista. Desesperada, busco a tientas una silla en la pequeña sala con la que romper el cristal e intentar escapar de alguna forma, pero al momento de encontrarla, un indescriptible sonido inunda mis sentidos y colapsa mis intenciones; proviene del estrecho pasillo. Hago acopio de valor y, con el milagro de una ayuda en mente, corro hacia la puerta y la entreabro, asomando con disimulo. Nada; oscuridad es lo que proviene, y oscuridad es lo que recibo. Mi mirada hace tiempo que se ha acostumbrado al espantoso negro, por lo que puedo observar las paredes del estrecho pasillo, de un verde oscuro y desgarrado, y las distintas puertas que dan a habitaciones desconocidas, demacradas y corrompidas por la vejez. Pero me niego a aceptar la locura. No tan pronto. Por lo que continúo observando, mientras me tiemblan las piernas y me chorrea la frente. El inenarrable sonido vuelve a aparecer desde la lejanía del estrecho pasillo y entonces comienzo a sentir el verdadero temor que hasta ese momento había escondido como había podido. El sonido se acerca lentamente y se transforma: es el chillido de un hombre y una mujer, con un tono muy agudo y elevado a la par que grave y estruendoso. Cada vez lo noto más cerca, pero aún no soy incapaz de ver nada. El ruido se aproxima, pero para mis ojos el estrecho pasillo continúa inalterable, con sus verdes paredes y con sus extrañas puertas. Dudo, y un rápido pensamiento me insta a dar la vuelta y a esconderme en la oscuridad de la habitación, pero soy de naturaleza valiente, así que continúo observando, continúo escuchando el ya cercano, muy cercano chillido. Y entonces la voz parece hablarme, y mi parte inconsciente cierra al mismo instante la puerta, antes de poder escuchar palabra alguna, y el horripilante pavor de lo desconocido me advierte de que la puerta no es lugar para humano alguno. Caigo al suelo frente a la entrada, agotada por completo, y aguardo mi muerte durante varias horas. Pero aún sigo viva. El día no llega, pese a haber pasado más que suficientes horas esperando. No he podido pegar ojo, y el cansancio me agota casi tanto como el propio miedo. La desesperación por salir de este horrible lugar me mantiene despierta y alerta mientras continúo buscando una forma de escapar de esta inmunda jaula vacía.
Resuenan traqueteos de cuerpos sin alma tras la enorme ventana amordazada, pequeños golpes y rasguños provenientes de la parte exterior del cristal. Pero no es esto lo más tenebroso, puesto que, al darme cuenta del atroz ruido, giro rápidamente mi mirada y observo, atónita, el inescrutable horror que trae consigo el silencioso vacío de la nada. Los murmullos del cristal aumentan en sintonía con la locura y llegan a un tono tal, que me resultan indistinguibles las llamadas de los muertos ausentes de las peticiones de auxilio de mi alma acobardada. Y es entonces cuando distingo diminutas sombras entre la oscuridad exterior, más negras que la propia noche. Y lloran. Y me llaman por mi nombre. Pero el sonido que producen sus inexistentes rostros solo resuena en mi cerebro, de modo que me doy por loca y trato de olvidar sus ruegos, de apartar la mirada y de negar lo que hay tras el cristal. Inmediatamente, al volver la mirada hacia el exterior, creo ver el frío y mortecino brazo que extiende una de las criaturas hacia el cristal, pero devuelvo el rostro a tiempo y me introduzco en el pesado armario que hay en la habitación, tratando de olvidar lo que está ahí, aun a sabiendas de que lo que está ahí, aun invisible, permanece inmutable, esperando con inagotable paciencia que acerquemos nuestros delgados y delicados cuellos. Porque la realidad misma no nos necesita, y ellos lo saben y lo utilizan a nuestra costa. Sobre estos asuntos ando divagando cuando se hace el silencio en el mundo entero y unos pasos provenientes de ninguna parte cruzan delante del pesado armario, deteniéndose, como si hubieran olido algo dentro de este, y observándome desde fuera. Los pulsos de mis venas se convierten en tambores de guerra, mientras que mi respiración se vuelve muda y mi mudez tirita y se retuerce de pavor. Es entonces cuando, desfallecida, pierdo por completo la conciencia.
Despierto de una pesadilla para caer en otra. La oscuridad y el desasosiego me atrapan por completo y me transportan de nuevo a esta realidad macabra. Es en ese momento cuando recuerdo las hostiles pisadas, ya desaparecidas, de la horrible criatura vigilante. El terror desaparece poco a poco cuando abro, con lentitud, la pesada puerta del armario y compruebo que solo yo me encuentro aquí ahora mismo. Tanto las sombras como los ruidos del exterior han desaparecido pero, en su lugar, la puerta sellada que había permanecido impasible ante mi voluntad se encuentra abierta de par en par, ofreciéndome las sombras de ese estrecho pasillo rodeado de tiniebla. Hace tiempo ya que lo he dado todo por perdido, que he sucumbido a esta habitación y que me he ofrecido a la inerte oscuridad que me rodea, de modo que no me lo pienso dos veces al traspasar esa horrible puerta del revés e intentar, ingenua de mí, escapar de aquel lugar que tanto me aprisiona. Lo primero que ocurre al poner los pies fuera de la habitación es un portazo de la dicha puerta, impidiéndome volver por donde he venido. La entrada entonces se desvanece, quedando solo una fría pared verde oscuro y una pequeña nota pegada a esta. "Ya has tomado la decisión", es lo que dice con una letra fea y borrosa. Es entonces cuando comienzo a añorar aquel lugar ya tan bien conocido. Pero mi espíritu es fuerte, de modo que giro sobre mí e inspecciono el entorno buscando una posible vía de escape. Me dirijo hacia la destrozada puerta más cercana, puesto que mis ojos ya se han acostumbrado de nuevo a la noche, cuando un intenso pavor devora mi cuerpo entero haciéndome temblar como nunca he temblado y suplicar a dios -a cualquiera- al comprobar que la odiosa e infernal puerta carcomida por los demonios no es más que pintura muy detallada sobre la sucia pared del estrecho y mentiroso pasillo. Corro hacia delante para no desfallecer, mientras compruebo con mis propios ojos los engaños de color madera que se repiten por toda la estancia. Y entonces, entonces, ¡hay de mí! ¡Esa vil criatura que hasta ahora no había sido más que un observador inquieto y silencioso aparece tras de mí como una sombra desfigurada mientras extiende sus brazos y me llama por mi nombre!
Estuve corriendo durante horas enteras. Durante días, durante meses y durante años. Corrí hasta desfallecer, y, cuando desfallecía, me levantaba y volvía a ponerme en carrera a causa del puro terror humano. Continué corriendo por el estrecho y carcomido pasillo hasta que llegó el fin del mundo; pero eso no me detuvo, y nada me detendrá jamás, puesto que, aunque continúe en la misma mugrienta mansión de los horrores de la que nunca he escapado, mi espíritu es fuerte y valiente, y nunca, jamás, permitiré que sucumba ante los caprichos de lo conocido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario