Don Rafael posee una brava mansión en una solitaria isla de ubicación desconocida. El día veintiocho de agosto, fecha en la que se reúne toda la
familia, acuden a la isla sus seis hijos: Antonio, apasionado de la
mecánica; Beatriz, ama de casa; Carlos, el cerrajero del grupo;
Diego, informático y programador; Emilio, estudiante de telecomunicaciones; y
Fernando, culturista. Es dos mil quince, y todos los
residentes han llegado a la habitual reunión familiar. En la isla
todos se encuentran con los sirvientes de don Rafael: Jorge, Jessica, y el mayordomo, el señor Mike; sirvientes que, siendo huérfanos, habían sido adoptados. Esto hace un
total de diez habitantes en la isla.
La ubicación es la siguiente:
Mansión principal de dos plantas. En la primera se encuentra el comedor, la cocina, un baño y varias habitaciones de invitados, así como una habitación exclusiva para los sirvientes. En la segunda planta sólo está la habitación del dueño de la isla. En ella hay una inmensa chimenea, incontables libros y un cuarto de baño propio.
Un garaje: se encuentra junto a la mansión. Está lleno de herramientas de todo tipo y la entrada al mismo está siempre abierta.
No hay más edificaciones en toda la isla.
PRIMER DÍA
Tras la
cena, estando todos reunidos en un gran comedor, don Rafael anunció:
—Bien
sabéis de mi vasta fortuna y de mi larga edad. Escuchadme con atención,
hijos míos: pienso heredar toda mi riqueza, así como esta gran mansión
mía, a todo aquel que mañana siga vivo en esta casa, a todo aquel que no
haya sido consumido por los dormidos espíritus malignos que residen en
este carcomido palacio mío. No os preocupéis: estáis solos en esta isla, así que nadie podrá acusaros de nada. Nadie se acordará de vosotros. ¡Así que dejad que los pecados recaigan sobre vuestras almas!
Con esto dicho, don Rafael salió del comedor
con una dignidad inmensa, dirección a su habitación, mientras un fuerte
relámpago anunciaba la jaula que se estaba cerniendo sobre la isla.
—¿Qué
acaba de decir?
—No le deis importancia; nuestro padre ya está mayor.
Además, sabéis tan bien como yo que últimamente está... desviándose un
poco del mundo.
—¿Desviándose? Padre está cada vez más loco, ¡podría
hasta hacerse daño a sí mismo! ¿Y si le ocurriera algo?
—Es verdad,
estos últimos años ha sufrido de mucho estrés. Sus clientes le tratan
cada vez peor, y ya ha mostrado más de una vez su deseo por dejar la
empresa. Temo que haga alguna locura. Por favor, señor Mike, ¿podrías ir con él?
—Por supuesto, señor.
El señor Mike,
mayordomo y fiel amigo de don Rafael, salió con lentitud de la estancia y se
dirigió hacia la habitación de su amo.
Esa noche Jorge y Jessica
acompañaron a los invitados a sus aposentos, uno para cada cual. Una vez
todos entraron a sus habitaciones, los sirvientes, con la única llave maestra que había en la mansión (mientras que en cada habitación de invitados había una pequeña llave que servía para abrir o cerrar, únicamente, la habitación en la que se encontraba. Esto no se aplica en la habitación de sirvientes), cerraron todas las habitaciones de invitados y se encerraron
en la habitación de sirvientes, los dos juntos, echando la llave tras
entrar. El teléfono sonó, y Jorge fue el primero en atender a la llamada.
Era el señor Mike, y llamaba desde la habitación de don Rafael.
Durante la noche, tres demonios aparecieron en las habitaciones de Beatriz, Diego y Fernando. Uno en cada una. Estos eran: Lucifer, Señor del Orgullo, en el dormitorio de Diego, el programador; Belcebú, Señor de la Gula, en el dormitorio de Fernando, el culturista; y Asmodeo, Señor de la Lujuria, en el dormitorio de Beatriz, la ama de casa.
«¡Pagaréis por vuestros pecados!», gritaron los tres demonios al unísono, pese a estar en habitaciones distintas.
Los soñadores pecadores se levantaron como hipnotizados de sus camas y acudieron a las llamadas de sus respectivos Señores del Infierno, que los cogieron por las cinturas y bailaron una sinfonía que sólo los muertos podrían escuchar.
Clamó Lucifer:
—¡Tú, maldito orgulloso que cree dominar el mundo a través de los números! Pagarás por tus pecados y sucumbirás conmigo en el quinto círculo del infierno.
El ángel demoníaco abrazó a Diego, mientras su vida se iba apagando poco a poco, usurpada por el demonio.
Anunció Belcebú:
—¡Tú, a quien la droga ha perdido, que crees dominar el mundo a través de la fuerza bruta! Pagarás por tus pecados y sucumbirás conmigo en el tercer círculo del infierno.
El demonio separó con dulzura a Fernando y, de igual manera, se acercó y comenzó a darle pequeños bocados por toda la piel, arrancando, trocito a trocito, como si de unas tenazas su boca se tratara, pequeñas porciones de carne.
Pronunció Asmodeo:
—¡Tú, aquella ramera que ofrece su alma al mejor postor, inconsistente e incontrolable, que cree dominar el mundo a través del sexo! Pagarás por tus pecados y sucumbirás conmigo en el segundo círculo del infierno.
Asmodeo, el ser más bello del Infierno, acurrucó a Beatriz entre sus brazos y la besó fervientemente en la boca. El proceso carnal comenzó y continuó hasta que ella cayó desfallecida. Es debido a esto que Asmodeo tardó en acabar con una vida el doble que sus dos hermanos.
Mientras tanto, y ante los ojos incrédulos del señor Mike, don Rafael bailaba una hermosa partitura de piano con su querido amigo Mammón, uno de los hermanos del Infierno.
—Querido Rafael, veo que ya has decidido acabar con todo y comenzar, finalmente, la verdadera vida.
—Efectivamente, amado amigo. Tu fiel compañía dará sus frutos el día de hoy, mientras tus caros hermanos juzgan a mis hijos y los llevan a donde les corresponda.
—Sea así.
Y una vez terminó de hablar el avaricioso demonio, ambos explotaron en llamas y ardieron intensamente bajo la luz de la luna, que entraba furiosa por el hueco de la chimenea.
SEGUNDO DÍA
Antonio, Carlos y Emilio, despertados por el hambre, abrieron sus habitaciones con las llaves que hay en el interior de estas, las volvieron a guardar y salieron, dirigiéndose juntos a la cocina. Encontraron allí a los tres sirvientes, que les estaban preparando el desayuno, pero se extrañaron al no ver ni al dueño ni al resto de sus hermanos.
Tras la comida, ya extrañados de más, y al ver que nadie contesta a sus llamadas, los hijos exigieron ver a su padre y a sus hermanos. Después de las infinitas evasivas de los sirvientes, los tres acudieron, seguidos por estos, a la puerta del dormitorio de Diego.
—¡Abre, hermano, de una vez, si no quieres que abramos nosotros!
El silencio era el único en responder.
—Señor Mike, por favor, abra la puerta con su llave maestra.
—Como desee —dijo el mayordomo con una expresión de indiferencia.
Giró la llave y empujó la puerta, revelando una oscura habitación aparentemente vacía.
—La luz.
Entonces todos lo vieron: Diego, con el rostro feliz y los brazos sobre su costado, se encontraba recostado en su cama. Era como si estuviera durmiendo y no pudiera despertar con los ruidos de los sirvientes y de sus hermanos.
—Diego, ¡Diego! Deje de dormir de una vez. ¡Diego!
—Oh Dios, ¡está muerto!
Todos los presentes enloquecieron, gritaron y lloraron, pero esto no nos corresponde a nosotros presenciarlo.
—Señores, veo algo sobresaliendo de su bolsillo —le dijo el señor Mike a los presentes.
Uno de los hermanos se acercó al inerte cadáver y sacó lo que ocultaba, con evidente cara de asco.
—Es... Una llave. De las pequeñas.
—¿Una llave? ¿La de este dormitorio?
—Comprobémoslo.
Carlos, quien tenía la llave en la mano, dijo:
—No, la llave no abre esta puerta. ¿Será de otro dormitorio?
Todos salieron y se dirigieron a la habitación contigua, donde descansaba Fernando.
—¡Ha encajado! ¡La llave que guardaba Diego pertenece a esta habitación!
—¿Y qué hacía con ella? Bueno, abra la puerta primero. Es obvio que también está cerrada con llave.
El hermano obedeció, encendió la luz y palideció junto al resto. Fernando se encontraba sentado en un rincón, con el cuerpo completamente desgarrado y retorcido.
—¡Santo cielo! ¿Pero qué está pasando aquí?
—Miren, en su bolsillo hay algo.
Emilio, quien se encontraba más cerca del cadáver, estiró su brazo mientras apartaba la mirada, y dijo:
—Es otra llave.
Por supuesto, no correspondía con el dormitorio de Fernando. Todos corrieron, temiendo lo peor, hacia la habitación de al lado: el cuarto de Beatriz, que también se encontraba cerrado bajo llave.
—¡Abra la puerta, Emilio!
—Inmediatamente.
Y todos entraron, observando horrorizados el cuerpo de Beatriz desnudo, que descansaba sentado sobre la cama, con la espalda apoyada en la pared mientras por sus piernas manaba sangre.
—¡Allí, su ropa! —dijeron Antonio y Emilio al mismo tiempo, mientras señalaban las prendas destrozadas, que habían sido arrojadas en una esquina.
Jessica las inspeccionó, comprobando que, efectivamente, iban acompañadas de algún objeto.
—Oh no... No puede ser, ¡no!
—¿Qué pasa, Jessica, qué hay?
—Son llaves, señor. Una llave pequeña y la otra... ¡Es la llave maestra!
La llave pequeña pertenecía, como ya todos habían comprobado, a la habitación primera, el dormitorio de Diego, mientras que la llave maestra fue usada por última vez por los sirvientes de rango menor, Jorge y Jessica, para encerrarse en su propia habitación.
Esa noche, mientras los tres sirvientes preparaban la cena, los tres hermanos subieron en silencio a la planta superior y comprobaron, como se esperaban, que su padre también había sido asesinado. La puerta de su habitación la encontraron abierta, y en ella, el cuerpo de don Rafael dormía calcinado dentro de la chimenea, vislumbrándose solamente en él unos ojos inundados por la locura.
Los hermanos volvieron al comedor sin mediar palabra, y no dijeron nada hasta después de la cena. Pero era obvio el pensamiento de cada uno de ellos, por lo que los tres estuvieron de acuerdo con lo que dijo Antonio cuando terminaron de comer:
—Señores: encerrémonos. Está claro que un asesino anda suelto en esta isla, pese a la fuerte tormenta, por lo que será mejor que nos protejamos los unos a los otros. Jorge, Jessica y señor Mike, denme la llave maestra, yo la guardaré a partir de ahora. Nosotros nos quedaremos aquí, vosotros guareceos en la habitación de los sirvientes.
Dicho esto, Antonio acompañó a los tres sirvientes, cerró la puerta de la habitación de los sirvientes con llave y volvió al comedor. Cerró el comedor bajo llave y guardó esta en uno de los muebles de la habitación.
—Hermanos, temo que nuestros fieles sirvientes están detrás de nuestro apellido, y no pararán hasta obtenerlo. Pero no os preocupéis, ahora estamos a salvo.
—No pienso dejar que huelan nuestro dinero. Sucias ratas...
—Sí, la familia no le pertenece a alguien que no tiene nuestro apellido. Y es más que obvio que eso es lo que buscan. Impidámoslo.
Mientras los hermanos hablaban sobre cómo proteger el orgullo de su apellido, el señor Mike tecleaba como un loco en una pequeña máquina de escribir que tenían en la habitación de sirvientes.
—¿Qué escribe, señor Mike?
—Un cuento. Tan solo un simple cuento... de fantasía.
TERCER DÍA
—¡Oh humanos, hijos del hombre! ¿Qué buscáis tan ociosamente en las profundidades del abismo infinito? ¿Por qué causa habéis aletargado mi pesado sueño?
El señor Mike, de rodillas, mientras besaba los pies de este gran demonio sin nombre, suplicaba:
—Ruego nuestro perdón, Señor de Señores, Destructor de Mundos. Buscábamos su misericordiosa ayuda en nombre de nuestro señor don Rafael, gobernador de esta recóndita isla.
—¡Rafael! Lo conozco: partió al inframundo con el hermano Mammón. ¡Está bien, ser de carne! Yo, Leviatán, escucharé vuestras súplicas.
—Oh señor, señorísimo, tras la partida de nuestro amo, cierta serie de situaciones mundanas han ocurrido en la isla, y entre ellas se encuentra una fuerte acusación hacia nosotros... ¡de asesinos!
—No hables más, hijo del hombre, pues ya entiendo todos vuestros pesares. Y así como he podido comprenderlos tan rápidamente, tan rápidamente puedo guardaros de ellos. Tan sólo tenéis que perecer. ¡Pereced y acudid conmigo a los infiernos, oh humanos! ¡Así entenderéis la gloria que subyace a la muerte y que vanagloria a los caídos!
Era mediodía. Los tres hermanos se levantaron agotados y hundidos, pero tan pronto como lo recordaron, sus almas alzaron al vuelo, pues ese era el día en que acudiría la policía en su ayuda. Antonio abrió la puerta con una de las llaves maestras y decidió ir a ver cómo les iba a los sirvientes, acompañado por Emilio, mientras Carlos prefirió quedarse allí, pues tenía fuertes ganas de ir servicio. El retrete lo encontró estropeado, por lo que prefirió subir al baño del piso de arriba a quedarse esperando a sus hermanos.
—Voy a abrir —dijo Antonio a su hermano mientras cogía una de las dos llaves.
Este asintió y, poco a poco, comprobó cómo la cerradura cedía y la prisión cerrada de los sirvientes se convertía de nuevo en una habitación con vía de escape.
—Oh Dios... Oh no...
—Qué pasa, herma-
No pudo acabar la frase al comprobar cómo esa habitación cerrada, completamente ineludible para cualquier forma humana, contenía tres cadáveres, los cadáveres de los hombres que hasta ahora todos creían culpables. Jessica y Jorge estaban juntos, sentados y apoyándose contra la pared, con los estómagos abiertos de par en par, mientras se sostenían de la mano. Un gran charco de sangre se encontraba en el centro, delante de estos, junto con una hilera roja que llevaba hacia uno de los laterales de la habitación, donde el señor Mike reposaba sobre una cama de sábanas negras por la sangre, dándole la espalda a sus visitantes. Una arcada les sobrevino al observar a la pareja más joven, al ver sus interiores, por lo que ambos salieron corriendo de la habitación, cerrando con llave tras de sí, para vomitar y tomar aire en el exterior de la mansión.
—Te encontré.
Carlos estaba, cara a cara, ante el demonio Belfegor. Él, en la planta de arriba; eso, bajo las escaleras.
—Sucio humano: mátate, pues yo, Señor de la Pereza, no pienso mover ni un dedo.
—¿Qué? ¿Señor de la Pereza? ¿Quién...? ¿Qué eres tú?
—Qué molesto humano eres. No pienso gastar ni un solo suspiro en ti, sucia rata inmunda. ¡Vamos, mátate!
—¿Pero qué...? No voy a matarme. No sé qué eres, pero no pienso hacer nada de lo que digas.
—Ah, maldita sea. ¡Eres un inútil! Está bien... Lo haré yo en tu lugar.
El demonio levantó su brazo izquierdo y señaló a Carlos. Éste, aún sin saber muy bien qué era realidad y qué era sueño, comenzó a levitar por los aires y a dar vueltas por el cielo de la mansión. Belfegor contrajo los dedos e hizo que el vuelo cesara y que el soñador volara de regreso hacia su dueño.
—¿Te lo has pasado bien? —le preguntó el demonio.
Cogiendo a Carlos con sus largas uñas por la cabeza y levantándolo en el aire, dijo:
—Te veo luego, sucia rata.
Belfegor cerró el puño y lanzó a Carlos, ya cadáver, frente al primer escalón de la elegante escalera.
—¡Carlos, Carlos! ¡Santo cielo, Carlos!
—No... Hermano... Qué han hecho contigo... Los espíritus... ¡Han sido esos malditos espíritus de los que habló el maldito viejo de nuestro padre!
—¡No, no es así! Tranquilízate, los espíritus no existen. Lo sabes tan bien como yo. ... ¡Lo tengo! ¡Ven, corre!
Antonio y Emilio corrieron, corrieron como alma que lleva el diablo, desde el recibidor, donde se encontraba la horrorosa escalera y el cadáver de su hermano, hasta la habitación de los sirvientes. La puerta estaba cerrada, por lo que tuvieron que abrirla con la llave maestra.
—¡Emilio, entra conmigo! ¡Vamos a matar al malnacido que ha hecho esto!
Tras la puerta abierta de la habitación de sirvientes, sobre el cadáver del mayordomo de nombre Mike, yacía un remolino inmenso que hacía girar todo el lugar entero. Los dos hermanos estaban pasmados, sin palabra alguna, sin aliento. La habitación bailaba alrededor de ellos mientras el demonio se burlaba y reía, sin compasión alguna, con toda la humanidad posible.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Plebeyos! ¡Yo, Satán, Señor de la Ira, acabaré
de una vez por todas con esta corrompida isla llena de escoria e
inmundicia! ¡Sufrid!
Los dos hermanos volaron por los aires; uno de ellos entero, el otro, sin cuerpo en el que sostenerse. La cabeza de Emilio gritaba de terror mientras contemplaba su propio cuerpo, que le despedía con la mano, desplomarse en el lejano suelo. Antonio ya no sabía qué pensar ni en qué creer.
—¡Esto no es real, maldito demonio! Deja a mi familia en paz, déjanos tranquilos, ¡vete de vuelta al Infierno, horrible fantasía!
—¿Que no soy real, dices? ¿Fantasía dices? ¡Jo, jo! ¡Soy tan real como tú, amigo mío! ¿Que no puede ser así? ¿Que sólo son invenciones tuyas? ¿Metáforas? ¿Símbolos? Entonces, ¿quién eres tú, sucio pelele? ¿Quiénes son tus antepasados? ¿Dónde vives? ¿De dónde vienes? ¡Contesta!
—Yo... ¡Yo!... ¡Yo soy Antonio, mecánico e hijo del ilustre don Rafael!
—¡Sí, sí! ¡Ja, ja, ja! ¡Es lo único que te han enseñado decir! Sucio muñeco de un escritor frustrado. ¡Muere y cierra el círculo de esta locura de misterio sin pies ni cabeza!
El corazón de Antonio dejó de latir al instante de oír esas palabras. Silenciosamente, como si nada hubiera ocurrido, bajó con dulzura de la gigantesca tormenta que Satán había producido y guareció sentado sobre un sillón que había en la habitación, como si estuviera descansando. El demonio, que aún seguía allí, se paseó por el dormitorio, meditando.
—Esta locura no tiene solución: habitaciones cerradas perfectas, desapariciones... No, eso es fácil. ¿Pero demonios? Los demonios no existen, ¿no es así? Yo soy un demonio, el propio Rey del Infierno... Pero debo moldearme a la lógica humana, pues esta historia misma me lo pide. Su género me obliga a ello. De este modo, y por tanto, me despido.
Y con una decorosa reverencia, el Gran Soberano Satán, Señor de la Ira y Rey del Infierno, desapareció del escenario, saludó de nuevo en despedida, y los telones se cerraron dando paso a los ilustres detectives.
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