Me encuentro atrapado en esta jaula de carne y hueso, estrecha, suave y viscosa, donde mi único ardiente anhelo es el frío abrazo de la negra noche. Oscuridad es todo cuanto me rodea, y por ende todo cuanto puedo desear; y no concibo placer mejor pues este es el mayor que jamás he experimentado. Pese a todo, en uno de sus bajos muros se muestra una estrechísima ventana del color de la carne, con tonalidad rojiza en sus bordes. En ella se puede vislumbrar con reprochable ira un mundo vasto y lleno de vida donde hermosos gigantes parecidos a humanos pasean tranquilos a través de amplias calles cenicientas. Su cielo es de un color totalmente distinto; sus habitáculos parecen más mansiones que celdas, llenos de luces y de colores; y hablan: dialogan en un extraño idioma que me es desconocido, y gesticulan moviendo sus brazos y sus cuerpos enteros en son de esa lengua de Babel que Su Señor les ha otorgado —pues es así como han llegado hasta ese mundo, a diferencia de mi persona: a través de un omnipotente dios—, y por las noches sustituyen esos horribles gritos y chillidos por gemidos y danzas que utilizan para continuar comunicándose. No es eso lo único que he podido comprender al observarlos: se alimentan de forma distinta, ayudándose de utensilios extraños y sofisticados; crean objetos de la nada y los emplean con algún fin que aún no he llegado a comprender; y lo más curioso e interesante de todo: hablan de su propio mundo, de la posibilidad de vida en otros lugares más recónditos y lejanos. Y yo asiento con una sonrisa algo forzada a sus palabras —ya que con el tiempo he llegado a comprenderlas— mientras medito sobre las mismas cuestiones y sobre la dudosa implicación de esa estrecha y rojiza ventana.
Aun no viéndome necesitado por las preocupaciones básicas, porque mi raptor me proporciona día a día bebidas y alimentos —pese a no haber visto nunca su rostro—, la angustia y el dolor mental aumentan a pasos agigantados, mi pecho se contrae en intensas ráfagas de dolor y, a su vez, la oscura jaula en la que me encuentro se empequeñece día tras día. De modo que, debido al escaso tiempo de vida que calculo que me queda, necesito encontrar con rápida urgencia una salida de este infernal encarcelamiento. Con un horror abisal, sobrepasando los límites de la cordura misma —pues es el mayor de los horrores el enfrentarse a lo desconocido—, contemplo con mirada fija la tenebrosa, rojiza ventana, e ideo una forma de escapar por ella. Temeroso de los bípedos gigantes cuyas sombras los cristales atraviesan, pero más temeroso aún de morir sofocado en este horrible lugar, o a causa de mi raptor desconocido, fuerzo mi voluntad a actuar con bravura y me lanzo con extrema rapidez hacia la pequeña ventana, atravesándola de un salto y dejando mil pedazos rotos en el frío mármol en el que caigo al otro lado.
Un monstruo de centelleante resplandor me descubre nada más caer al suelo, atrapándome con unas enormes manos del color de la fría escarcha. El ser parecía salido de los continentes más fríos de todo el planeta: lleva grandes vidrios de cristal en lugar de ojos, y su nariz es chata y pequeña. En cuanto al pelo y boca, no se los ve por ningún lado; en su lugar, piel brillante y verdosa cubre su rostro, semejante al resto del cuerpo entero. Así es la atroz criatura que me sujeta por los dos pies, cual juguete roto en manos de un niño de escasos años. Frente a mi nariz está la ventana fracturada, que convulsiona extrañamente, agrandándose y empequeñeciéndose con violenta rapidez. Me aterra el solo pensar que podría haberme quedado atorado entre los cristales rotos y haber sufrido incontable dolor con medio cuerpo a merced del invernal gigante, hasta perecer por pura agonía, si es que no lo hacía por algo peor. Mi prisión continúa sus melódicos movimientos mientras permanezco poca abajo, sin saber qué hacer, sin conseguir recordar, debido al puro terror, ninguna de las palabras del idioma de las criaturas que aquí habitan. Entonces los movimientos paran, se detienen, la ventana tiembla y los cristales esparcidos y el suelo de mármol y el mundo entero se retuercen. Lo que antes fue mi única salida comienza a girar lentamente y a ocultarse de mi vista, apareciendo en su lugar un espeso manto de niebla negra que desemboca, por un extremo, en dos majestuosos pies descalzos, y por otro, en un rostro completo con su pelo, su nariz, sus ojos, sus orejas y su boca. El gigante de hielo que me sujeta, violentado por lo ocurrido, intenta golpearme mientras me tambaleo, en parte por los bruscos movimientos del acto que estoy presenciando, en parte por mi simple supervivencia. Pero esto es secundario, pues la torre de sangre en la que me encontraba aprisionado se ha metamorfoseado en una criatura viva que supera con creces mi tamaño humano. Un parto infernal en vivo que me lleva al éxtasis más inmundo y al más suave y placentero de los sueños.
Lamento profundamente este tan abrupto salto temporal que dispongo a narrarles, pero me temo que, tras lo expuesto más arriba, perdí por completo el conocimiento y estuve indispuesto por más de veinte o treinta años. No lo sé a ciencia cierta, pues mi principal impulso tras levantar del coma ha sido buscar un lápiz y un papel para poder contarles mi historia. Curiosamente, al despertar he sabido exactamente qué necesito y para qué fin. Sí, todos estos años me han venido a la cabeza, de golpe, aunque no los sienta míos. ¡Y lo he recordado todo! ¿Por qué, lectores? ¿Por qué no me concedisteis sueño eterno? ¿Por qué nadie acabó con mi vida en ese preciso instante? Esos monstruos... Esos gigantescos seres que me aterraban, que me impedían bajar los párpados, de los que acabé presa. Ese parto demoníaco, proveniente de lo que había sido mi jaula, mi hogar. El otro mundo, exótico, cautivador, lleno de descubrimientos y de esperanzas. La fría y agradable oscuridad. ¡Y nunca se me advirtió de nada! ¿Acaso le he hecho mal a alguien? ¿Se lo he hecho a ustedes? Nadie me ayuda, nadie me socorre ni aunque EXIJA MI PROPIA MUERTE. Pero al fin se ha acabado este retorcido juego. ¡No, no quiero jugar más! ¡Diviértanse ustedes, seres infernales, mientras mueren abrasados bajo las ascuas de sus propias llamas! Hoy he de morir, ¡y así será!, pues no pienso dejar que me conviertan en UNO DE LOS VUESTROS.
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