Me visto y salgo a la búsqueda de algo de comida precalentada.
Me tiro por última vez en el sofá de la salita de estar.
Me desespero.
Bostezo.
...
Este será el último momento de paz que tendré en toda mi vida. No poseo ningún tipo de trabajo y tampoco tengo planeado obtener alguno, por lo que mis padres, con el único objetivo de ahorrar gastos para el futuro, me obligan a huir hacia el campo de esta mi escalofriante y cómoda prisión de cerámica y mármol. Exacto; pese a mis ya viejas veinte primaveras, soy lo que se consideraría un despojo social. ¡Gran estupidez! ¿Acaso pensarías de mí algo así? Yo, a diferencia de los demás, sé hacer vida fuera de su éstupida moral de ciudad. Mi pasatiempo es la lectura: Baudelaire, Petrarca, Goethe... A diferencia del resto de las auto-proclamadas personas "normales", en cuanto a su modo de vida se refiere, tengo el objetivo de adquirir el mayor conocimiento y cultura que me sea posible, ¡se necesita un mundo mejor! Y esta es la única manera de conseguirlo. ¿Para qué malgastar mi preciado tiempo en meros trabajos a media jornada o inútiles escuelas en las que se aprende a ser esclavo de la sociedad? Yo digo no; no a estas esposas que se nos obliga llevar, no a vuestro control sobre el mío y no al apresamiento del verdadero ser. Ahora se me incita a abandonar mi reconfortante jaula del saber, a dejar atrás esa despreocupada sensación del bien hacer y partir hacia el desconocido paradero de unos familiares que bien poco me interesan. Tendré que dejar atrás mi vida y buscar el descanso fuera de la ciudad, en plena naturaleza, donde ellos residen. Haré lo que esté en mi mano para proseguir con lo que la humanidad no ha proseguido. ¡Disculpadme! ¡Necesito avanzar, pero prometo continuar con mi deber!
...
Pero no puedo más. Por favor, salvadme. Sacadme de este escalofriante dilema.
Solo soy una persona con múltiples almas, y ambas están encarceladas en una tortura eterna.
La luz me ciega. El frío rayo dorado intenta penetrar mis ojos, el viento sopla con la fuerza de mil ejércitos, dispuesto a llevarme con él, y el ruido me acorrala cual pobre conejillo de indias ante la incesante mirada de dos hombres con batas blancas y sonrisas perfectas. El mundo se vuelve para mirarme a la cara y escupirme. Malditos inútiles, indeseosos, pretenciosos e hipócritas ciudadanos sin amor propio que solo buscan el daño ajeno, seres incapaces de preocuparse por alguien más que no sean ellos mismos.
Todos merecéis la muerte.
-Vamos Yasu, mete las cosas en el coche y sube.
Ordena, sí, ordena. Sigue imponiéndote ante los demás. Aumenta el odio de los que te rodean y haz que su estocada final sea lo suficientemente mortífera y certera como para hacerte sucumbir de una vez por todas.
-Voy...
...
Mamá, te quiero, en realidad sabes que te quiero. Y yo también lo sé, solo que prefiero no saberlo.
Mamá, la oscuridad es tan cómoda y reconfortante, tan tenebrosamente deliciosa, que cuando me encuentro contigo es como si me viera en el espejo.
Mamá, no intentes ayudarme, el universo en el que yo vivo es demasiado diferente y complejo.
Y la luz me ciega.
...
-Al fin.
-Uhm...
Un misterioso y a la vez pintoresco paisaje se abre por el orizonte, gritándome con grandilocuencia cuán bello intentaba ser visto, cubriéndose por todos lados con los vivos colores del atardecer. Una pequeña casita, blanca como la nieve, con un tejado rojo con una chimenea y varias ventanas en circulo, se muestra vergonzosa por la esquina más recóndita del cuadro, y es en ese momento cuando la visión de un futuro próspero y tranquilo despierta al fin en mi mente.
El sonido del motor se silencia de golpe, al mismo tiempo en que mi madre deja escapar una pequeña bocanada de aire de sus labios. Sale del coche y golpea la delicada puerta de madera. Mientras, yo permanezco guarecido en mis pensamientos.
Una mujer mayor, cuya vida ya ha dado por satisfecha, se deja ver frente a mi madre. Una joven muchacha, tal vez de mi edad, aparece tras ella, escondida entre sus vestimentas.
- ¡Hola, mamá, cuánto tiempo!
- ¡Anda! ¡Hija mía! ¡Pero qué crecida estás!
Sí, yo también os quiero.
- ¿Y tu chico? ¿Dónde está ese pequeño renacuajo?
- En el coche, durmiendo. Voy a despertarle.
- ¡No, mujer, no! ¡No te preocupes! Entra y deja la puerta abierta, ya aparecerá cuando se le quite el sueño.
Entonces, la enérgica anciana agarra a su hija de una manga del vestido y la hace entrar hacia el interior de la casita, el cual es lo suficientemente oscuro como para no poder distinguir las sombras de lo que hay en él.
- Vamos, vamos, tienes que contarme demasiadas cosas.
Click.
Corre un suave viento, no del todo molesto, pero tampoco agradable. El tiempo se comporta muy extrañamente cuando es otoño, y aquí en la nada más se notará si cabe. Huele a hierba recien cortada, pero en cuanto al sonido, no se puede escuchar ni a una mosca. Es todo tan... agradable, que me produce escalofríos.
Lentamente me introduzco en la casa, dejando la puerta levemente cerrada. Adiós, atmósfera de misterio.
Se escuchan voces. Risas. Tras el oscuro pasillo puedo entrever una pizca de luz aullando por una esquina. Mientras me acerco, lentamente, aparecen ante mí pinturas colgadas de todo tipo, además de unas cuantas macetas más vivas que mi propia alma. Al fondo, antes de entrar en la luz, se me muestra un Shakespeare imponente por toda la pared, obligando a mis sentidos a detenerse ante semejante figura. ¡¿Pero cómo?! ¡¿Cómo puede...?!
- Oye. Yasu. Vamos, no te quedes ahí pasmado y entra.
Mamá... No lo comprendes...
- Pedí que me lo trajeran a un coleccionista del pueblo de al lado. ¿Te gusta?
- S-Sí... Es increíble.
Y la brisa me vuelve a golpear, mofándose de mi figura.
Es una pequeña salita. En ella, mi madre y mi abuela descansan en torno a una pequeña mesa posicionada en el centro de la habitación, dándole la espalda a un, en contraposición, enorme ventanal que nos regala con las lejanas montañas y el apacigüe valle cercanos al lugar.
Las dos mujeres cotillean sobre sus nimiedades mientras la chica, situada tímidamente a las espaldas de mi abuela, me observa con una mirada penetrante, dulce y a la vez dañina. Parece alguien interesante; aún no ha mencionado palabra alguna, lo que hace aumentar mi curiosidad. ¿Debería decirle algo? Abuela, ¿no piensas presentármela? ¿Debería mirarla?
Y eso hago: centro mi visión en ella. Cuando percata mi atrevida acción, aparta su delicada mirada intuitivamente, como si se le hubiese presentado el temible lobo de Caperucita dispuesto a comérsela. Pobrecilla.
...
Maldito sea el día en que me topé con ese dichoso sentimiento.
Quiero decir... ¡No puedo enamorarme! ¡¿Qué demonios es el amor?! ¡Puro capricho!
"Este será el último momento de paz que tendré en toda mi vida." Pienso que dicho pensamiento alienta al lector a ser receptivo a la gran historia que está por llegar, originada por la personalidad de alguien cuyo objetivo es adquirir el mayor conocimiento y cultura que le sea posible. Sencillamente, fascinante. Alguien con un mundo interior repleto de perfectas imperfecciones, a mi parecer.
ResponderEliminarMe gusta tu estilo narrativo, tiene alma, cómo describes los escenarios, transmites las sensaciones y proyectas los intrínsecos pensamientos como, por ejemplo, el que sigue: "Ordena, sí, ordena. Sigue imponiéndote ante los demás. Aumenta el odio de los que te rodean y haz que su estocada final sea lo suficientemente mortífera y certera como para hacerte sucumbir de una vez por todas."
Captan mi atención la profunda esencia de las siguientes palabras:
"No al apresamiento del verdadero ser."
"Haré lo que esté en mi mano para proseguir con lo que la humanidad no ha proseguido."
"Solo soy una persona con múltiples almas."
"¡¿Qué demonios es el amor?! ¡Puro capricho!
Rocío