sábado, 31 de marzo de 2012

Sobre El Hombre... Y un cuento

The Anguished Man (El Hombre Angustiado) 

El Hombre está justo encima del pequeño monitor en el que estoy escribiendo esto, mirándome fijamente con unos ojos que parecen a punto de escupir lágrimas de sangre. Es verdaderamente escalofriante. El caso es que desde hace unos días no hago más que escuchar... cosas, provenientes del cuadro. No es exactamente escuchar; más bien habría que definirlo como una especie de aura... siniestra. No me hagáis mucho caso; gracias a la historia de ese tipo estoy empezando a volverme paranoico yo también... Vaya tontería. En fin. Siguiendo con la temática del blog, para así no desperdiciar una entrada tan valiosa como esta, me gustaría contaros una corta historia de terror y hacer de una noche tan amena como esta, una velada algo más agradable, si es posible: 

Era una noche de tormenta en la casa de María. Las agujas del reloj rozaban las diez, y la noche caía, muy poco a poco, sobre la luz que había iluminado la cena de la niña que, a sus escasos once años de edad, había sabido prepararse ella sola. Estaba asustada: su madre, la única persona que le quedaba, tenía algo importante que hacer en su oficina, lo que la dejaba sola hasta que volviera, aproximadamente, sobre las diez y media de la mañana. Pero María era una buena chica, y ya había pasado por esto antes. No era la primera noche que tenía que pasar sola. Algo acongojada salió de la pequeña cocina, iluminada por un pequeño flexo que colgaba sobre la fría y escueta mesa de mármol. Como un rayo, María recogió el conejito de peluche que la había acompañado durante su cena y se refugió en la habitación de su madre, entre las sábanas de la pequeña cama, hasta cerrar poco a poco, poco a poco, sus ojos dulces, y sumirse en los alegres y divertidos sueños de una niña de once años. Toc toc, oyó María. ¿Mamá? Fue lo primero que pensó la joven. Pero no; sonaba distinto a la vieja puerta de madera de su casa. Era más... agudo. La pequeña se levantó, poco a poco, con el conejito entre sus brazos, dispuesta a acudir a la entrada para recibir a su querida madre, cuando de repente una fría mirada se cruzó con la suya a través de la oscuridad que emanaba la ventana. 

Lectores, eh... Perdonad. El cuadro está... está brillando. Más bien, sus ojos, sus pupilas están brillando. Estaban brillando. Ha sido un segundo, un visto y no visto, pero lo juro, acabo de ver centellear esas profundidades negruzcas que tiene por ojos. Mierda... Creo que el sueño me está afectando. Es lo que tiene escribir de noche. Ya ni siquiera tengo fuerzas para borrar la falta de lenguaje tan insultante que he cometido antes. Disculpadme por hoy, pero voy a tomarme un pequeño respiro. Estoy con vosotros en un grito...

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