- Anne se acababa de mudar a nuestro
barrio. Ahora vive en la casa de al lado, junto con sus padres, así
que al día siguiente a su llegada tuve que ir a saludarlos y a
darles la bienvenida.
- ¿Y tú quién eres? -Me dijo con cara arisca al verme frente a su puerta.
- Soy vuestro vecino, venía a daros la bienvenida al barrio.
- Largo, aquí no hay nadie. -Gritó, cerrándome la puerta en las narices. Lo natural sería que me hubiera molestado, largándome de allí mientras mascullaba insolencias, pero en lugar de ello me quedé quieto, prendado por la nueva joven. Era realmente hermosa, y tenía un algo que la hacía de lo más atrayente.
Al día siguiente, mis padres se fueron al médico con mi hermano y yo me quedé solo en casa. Esa noche, Anne tuvo una fuerte discusión con sus padres. Pese a no estar las dos casas unidas por las paredes, podía escuchar sus gritos perfectamente. Estaba algo molesto, pero pensaba que sería mejor no inmiscuirse en sus asuntos familiares.
De repente, un prominente chillido de mujer me sacudió por completo, y la voz de su padre cesó. Atraído por la curiosidad, me apresuré hacia la ventana de mi habitación, que daba justo al lateral derecho de los vecinos y desde donde se podía divisar el interior de una pequeña sala, lugar donde casualmente se encontraban el padre, la madre y Anne. La cuarentona mujer no paraba de gritar, parecía que le tenía miedo a su hija, pero el padre se encontraba inmutable frente a ellas, como si alguien hubiera detenido sus movimientos con una especie de mando mágico. Unos hilos gruesos de color carne caían desde el interior de su estómago, acompañados por un líquido tan rojo como la rosa, y al instante en que el fluido dejó de salir del hombre mayor, cesó su respiración, haciéndole permanecer inmóvil de rodillas frente a su hija. Anne se percató de mi presencia y me observó sin siquiera fruncir el ceño; la madre siguió su ejemplo. Craso error. Lo último que recuerdo de esa terrorífica noche fue la cara de la mujer, frente al cristal, blanca como la nieve, mientras su cuerpo, tendido en el suelo, expulsaba sangre violentamente desde el lugar donde debería estar su cabeza, salpicándole a Anne en la falda. Al instante me desmayé.
- Hey. Hey. ¡Oye! Despierta, dormilón.
- ¿Qué? ¿Cómo?
- Te has quedado dormido frente a la ventana. En qué estarías pensando...
- Yo, solo... Supongo que tuve una pesadilla.
- ¿Sí? ¿Estás bien?
- Claro, no te preocupes.
- Bueno, pues me alegro. Oye, te he dejado el almuerzo en el microondas, caliéntatelo tú, que yo me tengo que ir.
- ¿Eh? ¿A dónde?
- Ah, nada, que me acaba de llamar porque está sola esta tarde y quiere que vaya con tu padre a hacerle compañía.
- ¿Y quién te ha llamado?
- Anne.
miércoles, 23 de junio de 2010
[No te fíes de tus vecinos]
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La confianza no siempre resulta una buena compañera de viaje... La atracción que Anne ejerce sobre el chico es tan natural como misteriosa. Una historia con final abierto para los jóvenes y concluso para los mayores. Un relato con desgarro físico y psicológico. Pienso que deja a la libre interpretación tanto o más que lo que claramente muestra a través de su lectura.
ResponderEliminarRocío